La izquierda ladrona

Para Jorge Castañeda, politólogo mexicano y exministro de Relaciones Exteriores de su país, en una nota publicada en el diario “El País” de España y en “Río Negro”, a la Conferencia de las Américas reunida recientemente en Panamá le faltó tratar un tema: la corrupción, ilegalidad que envuelve a muchos de los gobiernos del Nuevo Continente. Por supuesto que el encuentro tuvo su costado nuevo y bueno, que fueron las tentativas explícitas de un mayor acercamiento entre Estados Unidos y Cuba.

Castañeda no está hablando de otro planeta. En Chile la presidenta Bachelet carga con las ventajitas inoportunas e impertinentes de su nuera, hasta ahora. En Venezuela, en México, en Nicaragua, en Perú, las denuncias de pésima administración vinculadas a los desfalcos son crecientes. En la Argentina, la presidenta Fernández de Kirchner hace lo imposible por evitar pasar por los tribunales, habida cuenta de las denuncias en su contra. El caso más patético por el momento es el de Dilma Rousseff, a cargo del máximo poder en Brasil, representante de un partido, el de los Trabajadores, que nació el 10 de febrero de 1980 en San Pablo, bajo un anhelo de reivindicaciones, de ética revolucionaria, de búsqueda de un mundo mejor con menos pobres.

Varios sectores integraron el PT y le dieron forma: sindicalistas de distintos gremios, intelectuales de izquierda, gente de centroizquierda, católicos vinculados a la Teología de la Liberación. Cuando su dirigente máximo, Luis Inácio Lula da Silva, llegó a la Presidencia en el 2003, prometió cambios estructurales, entre ellos uno que hizo sonreír a sus opositores: el “pan de mañana” para los hambrientos. Sin embargo Lula, aplaudido por el “progresismo mundial”, consiguió logros relevantes. Como las inversiones extranjeras llovieron sobre Brasil, las fábricas se expandieron, al real (su moneda) se lo respetó, las exportaciones se multiplicaron hasta la admiración, el país ingresó al pelotón de los “triunfadores del presente y del mañana”. Todo eso fue la suma para que surgiera una nueva clase media, aunque media sin muchas pretensiones.

Brasil integró el Brics, sigla que congregaba a las naciones que se estaban convirtiendo en potencias. Ahora ese bloque está en caída. Brasil tiene graves problemas económicos, la Rusia de Putin está peleada con Occidente a partir de su apropiación de Crimea y de sus maniobras con las entregas de combustibles a Europa. La realidad en la India no es tan propicia y China ha entrado a frenar su desbocado caballo de crecimiento debido a la inflación y a la corrupción en el PC que gobierna y en sus fuerzas armadas.

Muchos de los triunfos de Lula, gracias a las condiciones del mercado internacional, se desvanecieron por momentos por las acusaciones de corrupción que incluían manejo espurio de los fondos públicos y beneficios a los amigos suyos y de su familia, entre ellos dos hermanos muy allegados. En el 2005 estalló el “escándalo” de las mensualidades, de sobresueldos entre funcionarios de distinto rango

Sin embargo los tiempos de felicidad económica perduraron. Los brasileños no daban importancia a las oscilaciones del dólar. Hasta que hace un año y medio o dos años comenzó la inquietud y zozobra económica. Todo fue silenciándose productivamente hablando, avanzó la inflación y el descontrol. Como si eso fuera poco, para incentivar la protesta popular que ganó las calles en manifestaciones masivas, pocas veces vistas, Dilma fue el centro de críticas contra la corrupción en su primera administración. Que no fueron pocas. El periodismo de investigación pudo probar, por ejemplo, que ocho de sus ministros se llevaban los dineros públicos. Fueron a parar a la cárcel.

Luego estalló el escándalo en Petrobras (la compañía símbolo del crecimiento desmesurado de Brasil), que conjugó la culminación de lo que se dio en llamar “el mensalão”. Funcionarios de la petrolera otorgaban prebendas y favores especiales a las principales empresas proveedoras (las más importantes del país) a cambio de quedarse con vueltos grandes. Abierto el telón, apareció un grandioso universo de soborno y gran corrupción.

Pese a las críticas, a la corrupción, a las ventajas que de pronto obtuvo el Partido Social Demócrata hasta quedarse a la par en materia de predilecciones electorales, en su reelección Dilma obtuvo más del 50% de los votos. Pero el PT está desgastado, golpeado por todas partes, vapuleado por los medios de comunicación. El Parlamento está estudiando la posibilidad de concretar un “impeachment” para analizar su gestión y sus sombras.

El “impeachment” es una figura en el derecho anglosajón; es un recurso por el cual se puede procesar a un alto cargo público ante faltas graves. El Parlamento es el que investiga y el que emite el juicio. Y el voto negativo puede ocasionar la destitución o la inhabilitación del mayor cargo de gobierno.

El “impeachment” fue lanzado por primera vez en el siglo XIV, a cargo de la Cámara de los Comunes en Gran Bretaña. El primer artículo de la Constitución de Estados Unidos permite que los más altos funcionarios puedan ser indagados y procesados por pedido de la Cámara de Representantes y sufrir las penalidades de cada caso. Para condenar es indispensable disponer de la aprobación de las dos terceras partes de los votos de los senadores.

En Estados Unidos fueron partícipes de “impeachment” dos presidentes. El primero fue Andrew Johnson en 1864 y, luego, Bill Clinton entre 1998 y 1999, pero concluyeron sin castigo. El republicano Richard Nixon, en cambio, prefirió dimitir en 1974, tras la aprobación de un “impeachment” en 1974, proceso desatado por el “Watergate”.

Los parlamentarios están dispuestos a actuar con rapidez en estos días en Brasil. Un proceso como el que se prepara llevó a la dimisión a otro proceso. Fue el exgobernador de Allagoas, Fernando Collor de Melo, en diciembre de 1992. La gente no quiere saber nada de promesas y está cansada de leer todos los días sobre la corrupción de gente cercanísima a Dilma, a Lula, al PT.

La última noticia ha sido el apresamiento de João Vaccari, tesorero del PT, hombre de absoluta confianza de la conducción partidaria. Sus manejos fueron oscuros y sus afirmaciones falaces.

El caso Brasil ha venido a confirmar que la corrupción no corresponde a ningún partido político en especial. No es patrimonio de nadie sino de cualquiera y de cualquier bandera.

El fenómeno de la corrupción tiene larga historia. Lo sorprendente es que hay países donde no ha existido ni existe. Singapur, por ejemplo, y en su máxima expresión los países nórdicos europeos.

Daniel Muchnik, Socio del CPA
Río Negro, 21-4-15

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