La furia de las multitudes

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Basta observar el espeluznante video donde en Rosario dos jóvenes se ensañan con otro que yace indefenso en el suelo para percibir la magnitud del horror que puede llegar a protagonizar el ser humano. Cuando los individuos actúan en multitud, «un principio de antipatía pasa a constituirse en segundos en un odio feroz», según señaló Gustavo Le Bon en su obra clásica «Psicología de las multitudes», escrita en 1895. La búsqueda de una explicación para semejantes conductas no debe llevar al equívoco de pensar que explicar significa justificar. Justamente, el bochorno moral que provoca semejante conducta demanda imperiosamente encontrar algunas explicaciones.

Estamos ante un fenómeno complejo que obedece a múltiples factores. Una primera mirada no puede eludir introducirse en los meandros del inconsciente colectivo. «La multitud es impulsiva, versátil e irritable y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente», dice Freud reproduciendo párrafos completos de Le Bon. «Los impulsos a los que obedece pueden ser, según las circunstancias, nobles o crueles, heroicos o cobardes, pero son siempre tan imperiosos, que la personalidad e incluso el instinto de conservación desaparecen ante ellos». Las multitudes llegan rápidamente a lo extremo y experimentan un horror inconsciente a todo aquello que pueda modificar sus condiciones de existencia. El miedo difuso es el combustible que alimenta la paranoia social.

El paso siguiente debería llevarnos al análisis del contexto socioeconómico y al tratamiento del polémico tema de la inseguridad. Una «sensación» agitada por los medios, según los voceros oficiales. «Es inevitable asociar esos episodios brutales con una campaña mediática que se desarrolló en contra del anteproyecto de Código Penal», ha afirmado sin ruborizarse la procuradora general de la Nación Alejandra Gils Carbó. Sin embargo, mal que le pese a la procuradora, debemos reconocer que el incremento en la violencia delictual es sistémica y viene abonada por múltiples factores: desigualdad social que no ha sido resuelta por el mero asistencialismo, extensión de las redes del narcotráfico, corrupción política y policial, fracaso del sistema educativo, tradición cultural de falta de respeto de las normas, deficiencias en el servicio de suministrar justicia en término y penosas condiciones del sistema penitenciario.

Se ha enfatizado, sin brindar mayores explicaciones, que el origen del problema está en la «ausencia del Estado», expresión sorprendente en una Argentina donde el gobierno, bajo el pretexto de defender lo público, ha extendido su presencia de modo constante reduciendo los márgenes de actuación de la economía privada: aumento notable del gasto público y de la presión fiscal, control de cambios, control de precios, confiscaciones de empresas y amplia utilización del poder de emitir moneda para financiar los excesos con el impuesto inflacionario.

Aquí se torna inevitable señalar uno de los huevos de la serpiente. Ese aumento considerable del gasto público no se ha traducido en un aumento de la calidad en la prestación de los servicios y en el nivel de vida de la población. El suministro de bienes públicos, como la salud y la educación, sigue siendo francamente deplorable. Por otra parte, el Estado ha descuidado la misión fundamental de renovar y modernizar la infraestructura de las comunicaciones, el transporte y otros servicios esenciales de la comunidad, dañando la competitividad general de la economía. Y lo más grave es que los sectores excluidos no han sido incorporados a la economía productiva y han recibido meros paliativos asistenciales, de modo que siguen sometidos a una severa pérdida de su autonomía y autoestima.

Es conveniente añadir que la expresión «ausencia de Estado» remite necesariamente a un campo diferente del estrictamente económico, vinculado con lo que se considera las otras funciones básicas del Estado, que pasan por suministrar el servicio público de la seguridad y el servicio público de administrar justicia. Aquí la percepción es que el Estado no cumple acabadamente su cometido. Expresiones populares como la que señala que «los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra», son exageradas, pero contienen una dosis de verdad: la calidad de los sistemas de coacción –penal, impositivo, de faltas– funciona en forma deficiente si se miden por los resultados. Está comprobado que el efecto disuasorio de las sanciones penales o administrativas no depende tanto de la magnitud sino de la percepción de que éstas se lleven a efecto en un tiempo razonable.

En definitiva, a esto remite la imputación de que existe una «ausencia de Estado»: a la incapacidad de conseguir que se cumpla acabadamente lo que regula la ley. En una sociedad que tradicionalmente se ha caracterizado por la anomia, según la conocida caracterización que hizo hace tiempo Carlos Nino, el fenómeno, lejos de haber amainado, se ha acentuado de forma visible. Aquí se evidencia la responsabilidad política de un gobierno que ha venido alentando, bajo argumentos retóricos –»no criminalizar la protesta social»–, comportamientos anómicos que están a la orden del día mediante cortes de calles y de rutas, usurpaciones de tierras, huelgas salvajes que interrumpen la prestación de servicios esenciales para la comunidad y cualquier otra modalidad extorsiva que pasa por tratar de visibilizar una demanda social causando daño al resto de los ciudadanos. Como muestra elocuente, la presidenta acaba de reivindicar como acto patriótico el secuestro de un avión para plantar una bandera argentina en las Malvinas.

Carlos Nino añadía que nuestra anomia era «boba», puesto que la extensión de estas conductas terminaba por afectar a sus propios autores. Lo singular del caso argentino es que provienen del propio gobierno los estímulos para favorecer los comportamientos anómicos. De modo que podemos decir, acudiendo al refranero popular, que de aquellos polvos vienen estos lodos. La multiplicidad de causas que aportan a la explicación de un fenómeno complejo y que están detrás de la furia de las multitudes no debería servir para atenuar las responsabilidades políticas que oculta.

Aleardo Laria, Club Político Argentino

Publicado en Río Negro, 8-4-14

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