Igualdad, derechos y libertades para las mujeres musulmanas

Por Zahira Daoudi

#InstitutoSinVelo es un hashtag, pero en realidad es mucho más que una etiqueta: es un movimiento que emerge en 2019 y toma fuerza y notoriedad cuando una chica musulmana, mayor de edad, acude a un instituto de Asturias con un velo sobre su cabeza. En ese momento la dirección del instituto no duda en prohibirle la asistencia al centro con esa prenda. Más tarde retrocede. Se eleva una consulta al CIE (Comisión Islámica Española) y su presidente, Riay Tatary, manifiesta que una prescripción religiosa es una obligación del Islam, por tanto, una mujer se debe cubrir con el hiyab.

A comienzos de 2019 promoví el hashtag #SinVelo que tuvo su auge el pasado 8 de marzo. Desde entonces ha cobrado importancia y cada día son más las compañeras que lo utilizan para dar visibilidad en sus congresos, conferencias y charlas a la causa que nos convoca: la igualdad de derechos y las libertades individuales, así como para dar cuenta de las implicaciones que tiene el uso del velo y lo que este representa como obstáculo para la vida y el desarrollo individual de cada mujer que debe utilizarlo. Llegué a España con 10 años. Mi origen es marroquí. Musulmana. Nací en Larache y pasé mi infancia en Marruecos, colmada de buenos recuerdos. Llevar el hiyab formaba parte de mi día a día, de mi cultura y he de decir que nunca me disgustó hasta que llegué a España y encontré algo más que mi realidad inmediata. Pasear por las calles de Marruecos y toparme cada día con turistas de otros países, con otro aspecto y vestuario, me resultaba extraño, pero asumía con resignación que el velo hacía parte de mi cultura y que también a mí me llegaría el momento de llevarlo. Además, me fijaba en los niños de mi edad, ellos no llevaban velo en la cabeza y eso me hacía preguntarme por qué nosotras sí y ellos no. ¿Por qué mamá y la abuela no enseñan su pelo?, pensaba yo.

Cuando comencé a vivir en España y a hacerme mayor decidí llevar el hiyab. No era una cuestión de gusto, tampoco de creencias, en mi casa la utilización del velo se debía, pensaba yo en ese momento, a la presión familiar y al entorno, a nuestras amistades. ¿Qué podrían pensar los demás sobre mí y acerca de mis padres con una hija “oveja negra” como yo? En mi caso, la presión solo fue una preocupación personal que se instaló en mi cabeza. Mis padres jamás me obligaron a llevar el velo. “Zahira hagas lo que hagas, estará bien siempre y cuando respetes”, dijeron. Mi padre fue menos receptivo al cambio, pero su hija se había criado en un ambiente «sin ataduras». ¿Qué podía hacer él?

Aun así, hasta que fui a la Universidad decidí quitarme el hiyab. Mi pensamiento había evolucionado y ya no sentía esa presión de llevar el velo. Comencé a estudiar lejos de casa y tomé distancia del que había sido mi entorno hasta ese momento. El camino para dar ese paso no ha sido fácil pero tuve la opción de elegir si quiero llevar o no el hiyab.

De todas formas, cuando viajo a mi país natal y visito a mi familia vuelvo a ponerme el velo. ¿Por qué? No me gusta, no me siento identificada con él y, sin embargo, pertenezco a una sociedad de cultura árabe-musulmana. En Marruecos no hay ninguna ley que obligue a las mujeres a llevar el hiyab o a cubrirse como ocurre en otros países. La utilización del velo para muchas mujeres marroquíes tiene que ver más con la tradición e imposición familiar, en mi caso por mi abuela. Ella no tiene una mentalidad tan abierta como algunas jóvenes de mi generación. Entiendo que ella no cambiará. La tolerancia es el paso de la convivencia cosmopolita. Pero también pienso a menudo: ¿Cuántas jóvenes y mujeres se plantean y enfrentan diariamente esta decisión de utilizar o no el velo? Y, aquellas que lo usan, ¿podrían dejar de utilizarlo si así lo quieren? ¿Podrían dejar de usar el velo si así lo quisieran? Muchas mujeres no lo tienen tan fácil.

Vuelvo al caso del Instituto. En mi opinión, el centro educativo no debería haber dejado en manos de la Comisión Islámica la última palabra que devino en decisión institucional. ¿Por qué mi oposición? Porque estos señores que integran la Comisión cumplen un papel: negar los derechos y las libertades de la mujer musulmana en España. Sus argumentos se basan en fundamentos religiosos profundamente machistas en los que la figura de la mujer es discriminada. No debemos transigir las imposiciones religiosas. Sencillamente, bajo estos preceptos, las mujeres somos un cero a la izquierda.

La convivencia se hace difícil cuando los individuos son discriminados por razón de género, de clase, de status social, etc. ¿Por qué el Islam sigue en ese letargo? ¿Por qué quieren hacernos vivir con base en los escritos del pasado y en las leyes islámicas que no guardan relación con el tiempo en el cual vivimos? No obstante, estos hombres, de modo conveniente olvidan e ignoran la existencia de derechos de carácter universal que no discriminan entre sexos, razas, religiones. Las mujeres musulmanas queremos ser realmente libres para decidir por nosotras mismas qué somos y qué queremos ser y hacer, como lo hacen otros ciudadanos de acuerdo a sus preferencias e intereses.

La educación es la clave y desde los colegios podemos incidir en el anhelado cambio. Debemos rechazar el adoctrinamiento de las mentes inocentes; permitir la integración entre culturas, no imponer una identidad colectiva y grupal. Es necesario que la infancia, los jóvenes y futuros adultos conozcan sus derechos y libertades individuales, se eduquen en el respeto de la individualidad de los demás. Continuamos con este movimiento que busca, por un lado, abolir las injerencias de Tatary y, por el otro, concienciar a más mujeres musulmanas, para que conozcan sus derechos y libertades, para que reclamen igualdad ante la ley en el marco del Estado de derecho -y no confesional- en el que vivimos. El señor Riay Tatary debiera rectificar su posición y disculparse. Nada de fundamentalismos, somos un Estado aconfesional, déjese de imposiciones.

Este es un artículo de Zahira Daoudi para CPLATAM -Análisis Político en América Latina- © 

Enero 2020

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