Guerras recicladas

Publicado en: Análisis, Colombia | 0

En su libro ‘Guerras recicladas’ María Teresa Ronderos le recuerda al país que antes que ser paramilitares los hermanos Castaño, al igual que muchos otros paramilitares, fueron narcotraficantes. El llamado de atención es oportuno porque advierte que el conflicto colombiano en gran parte tuvo su origen en un enfrentamiento entre narcotraficantes y guerrilleros.

Ahora bien, el hecho de que muchos paramilitares antes de ser paramilitares fueran narcotraficantes no niega el asunto central en el origen del paramilitarismo: fue una reacción a un tipo de amenaza concreta de la insurgencia, la del secuestro. A medida que las guerrillas se expandían desde las áreas más periféricas del país hacia las zonas más integradas, centraron su atención en las élites regionales como medio de financiación de la revolución. Ellas eran más fáciles de expropiar que las élites económicas de Bogotá y las grandes ciudades.

No fue además una expropiación racional que permitiera a estas élites continuar con sus actividades económicas. El secuestro a diferencia de la extorsión y el cobro de ‘vacunas’ periódicas significaba la destrucción de la capacidad productiva de las personas. No solo por el monto de los rescates que exigía la guerrilla, sino por la retención y la humillación de quienes dirigían las empresas regionales. Fue así que muchos empresarios, terratenientes, comerciantes y ganaderos malvendieron lo que tenían y migraron a las ciudades.

Era apenas normal que los narcotraficantes como los nuevos magnates regionales se convirtieran en las principales víctimas de las guerrillas. Si algún sector contaba con dinero en las zonas donde las guerrillas tenían suficiente poder territorial para secuestrar eran precisamente ellos. La diferencia era que los narcotraficantes como curtidos delincuentes estaban dispuestos a dar la pelea como ninguna otra élite y contaban con los recursos para darla. Su reacción fue tan contundente y tan sangrienta que a finales de los noventa pasaron de ser un mecanismo de contención de la guerrilla a convertirse en una fuerza en expansión con aspiraciones de autoridad territorial.

Hasta allí la interpretación del paramilitarismo es razonable. Pero lo que no puede deducirse del libro de Ronderos es que los narcotraficantes eran paramilitares desde antes del secuestro. Es absurdo sostener que las guerrillas introdujeron el secuestro como una defensa de los campesinos y demás excluidos del campo ante el acoso de los ejércitos privados de los narcotraficantes. Esta interpretación puede sonar romántica y sin duda le da sentido a la lucha insurgente, sin embargo no tiene nada que ver con la realidad.

Tan es así que en un principio las guerrillas y los narcotraficantes no tuvieron problemas para negociar en las áreas más remotas del país. Villa Coca y Tranquilandia fueron grandes complejos de producción de cocaína ubicados en territorios controlados por las Farc. Los narcotraficantes del Cartel de Medellín, entre ellos Fidel Castaño le pagaban para que brindaran protección frente a las autoridades. El problema con las guerrillas vino solo cuando estas incursionaron en las regiones donde ellos habitaban secuestrando a diestra y siniestra.

El asunto puede reducirse a si moralmente era aceptable secuestrar a narcotraficantes para financiar la revolución. Pero la verdad no se construye culpando a unos villanos de lo poco que no hicieron.

Gustavo Duncan
El País (Cali), Octubre 18 de 2014

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