Glosas a «Marruecos intercultural, el surco de Chukri» de José María Lizundia Zamalloa

Por Gabriel Restrepo, escritor y sociólogo colombiano

El título ya es elocuente. Las fronteras, algunas más que otras, parecen cicatrices cuando abundan en vallas, como en los terrenos minados, pongamos en Verdún. Recuerdan más la herida que la sanación. Son susceptibles de abrirse. Admitamos: la escritura es un surco: obvia, aunque olvidada sociedad de cultura y cultivo. Pero si en el surco crecen los frutos, en las líneas se despliega el espíritu. O los espíritus, para ir en contravía de Hegel. La escritura es un tejido. No por trivial, la asociación de tejido y texto siempre asombra. Con la escritura nos arropamos.

Los epígrafes: registran un problema de visión, como si desierto y religión modelaran la imagen de sí mismos como espejismos diseñados para no ver lo evidente.

(11) La dedicatoria pone muy bien el acento en la interculturalidad.

(13-16: La historia de cómo llego a Marruecos). El introito sirve para asegurar muy bien la dicción personal. Es la marca de la libertad de Montaigne, creador del género del ensayo. Se trasgrede una línea para acceder con el mordisco del sabueso a la testarudez del Tinduf hasta hallar la rancia “consunción de la historia” (14), revelado el anacronismo bereber en la epifanía – aletheia– de la visión lograda en el trasiego de multiplicidades en una calle de El Aaiún (15). Es como en paralelo lo que sucede aquí en Arauca en la frontera con Venezuela cuando se comprueba que la Guardia Venezolana coopera con el Ejército de Liberación Nacional – guerrilla colombiana-  y aún con los controles militares colombianos en el contrabando de gasolina, al por mayor y al detal. El sucio dinero impone sus realidades sin importar tintes ideológicos. ¿Qué quedó del pasado de guerras de liberación y de luchas anticoloniales? Nuevas tragedias olvidan las antiguas. Es como si la página impar enterrara a la página par.

(17-20: Un libro de preguntas). Como ante la Esfinge, el viandante se aboca a preguntas en torno  a un misterio, aquí el de Marruecos. Según fuentes a las cuales recurre Giorgio Agamben, Misterio es drama, conjunto de gestos, acciones y palabras relativas a la suerte de un acto supremo del destino (El misterio del mal, 2012: 14). Es el teatro de lo sagrado enclavado a contrapelo en un mundo prosaico. Ahora bien, según los epígrafes que aquí cobran valor excepcional, debe ser un foráneo quien pase del topos del desierto al lugar poblado de la tierra madre de Marruecos para develar lo que los “indígenas”no se atreven a descubrir (descubrir aquí como el correr el velo de tradición y religión).  José María Lizundia Zamalloa usa con exactitud la raíz etimológica de investigar en francés: chercher y rechercher, asociadas a cercle. Dar vueltas y vueltas en torno a un topos, mirarlo por todos los costados. Y las preguntas son fecundas cuando sale del lugar común donde se suele andar en círculos viciosos: el desierto o el Tinduf, da igual. Y ello implica dar ese paso de coraje que según Goytisolo y Saíd y José Antonio González Alcantud los propios habitantes no se atreven a dar: interrogar al lugar común. E incluso interrogar los silencios, los tachones, lo que suele suprimirse, es decir lo reprimido y lo oprimido. El indagador es entonces un iconoclasta: no admite ídolos o los acoge para demolerlos. Si los de adentro no lo hacen, alguien tendrá que hacerlo y será el foráneo. No para dar con respuestas a preguntas, sino para que cada pregunte engendre nuevas preguntas, pues es lo que parece requerirse con más urgencia ante terra ignota, es decir no tanto tierra desconocida sino tierra ignorada: no cancelar la sorpresa y el asombro.

(21-25: Renegados). La palabra renegados significa una negación elevada a la segunda potencia. Pero cuidado: en José María Lizundia Zamalloa no quiere decir una negación de la negación que sea conducente a una síntesis, como la del célebre baile de tesis, antítesis y síntesis. Porque, ¿a causa de qué todo ha de conducir a alguna parte y ante todo a una parte llamada “superior”? ¿No hay como en la vida cotidiana callejones si salida, regresiones, turbulencias, vacilantes espirales irregulares de marcha hacia delante cuando retroceden o de vuelta a atrás cuando progresan? ¿Esa fiera permanencia en un centro excéntrico pleno de aporías, paradojas, retruécanos, oxímorons no es la condición luminosa de alguien que al reconocerse como desolado proclama empero desde la aparente nada la liberad y el coraje de pensar? Es la fiera postura de José María Lizundia Zamalloa al acordar con un novelista desanimado y desasido de todos los dogmas del maoísmo chino:

“En la actualidad no tienes doctrina. Y un hombre sin doctrina se parece más a un

hombre”

Xingjian, Gao. 2003. El libro de un hombre solo. Barcelona. Planeta: 192.

Porque en épocas turbulentas, la pregunta es la única clave para un “ábrete sésamo”. Zigmunt Bauman acudía a una figura del pensamiento medieval que se amolda a la circunstancia del ser contemporáneo: el interregno. En ese estadio no se dejan precisar muy bien los linderos de lo viejo que cae sin caer, ni de lo nuevo que asoma sin afirmarse del todo. Son estadios fantasmales, como los propios de duermevela. La épica del coraje precisa hoy de saber pararse con las preguntas enhiestas en terrenos de arenas movedizas. Los banderíos son legiones de fantasmas con las insignias deshilachadas. Y los ferrocarriles del pensamiento, esas líneas rectas y siempre progresivas son como catecismos de pasos del esclavismo al feudalismo y luego al capitalismo y tras ello al comunismo que ya lucen como cuentos de hadas semejantes a la pobre recitación de Comte del paso de la época teológica a la filosófica y a la científica o a la de Fukuyama y secuaces con el avistamiento de un fin de la historia.

Sí, Espinoza luce como adelantado muy insular. Lástima que muriera tan pronto. La época no lo merecía. Aún dentro de la tradición del catolicismo, la hagiografía de la mística oculta que la Iglesia zahirió a Fray Luis de Granada, a San Juan de la Cruz – a quienes forzó a prisión- y no menos a Santa Teresa, siempre recelada. El carisma siempre es sospechoso y se cela con astucia por las mañas de la envidia organizada. El mundo se mueve a sus anchas entre la dominación tradicional y la dominación burocrática y a veces ésta sirve de mampara para que en su aparente novedad se camufle lo viejo como nuevo, como pasa en las revoluciones rancias. Y es que esa yunta de tradición y burocratismo y siempre traza ardides para reconducir a los carismáticos, esto es a los renegados, a la órbita de la fe, esto es de la jerarquía, o por lo menos para subordinarlos e invisibilizarlos. Así sucede por igual en las democracias. No hay en esto nada nuevo bajo el sol.

Sí, José María Lizundia Zamalloa tiene razón al elogiar los fueros comunales y territoriales, pero también al recelarlos cuando absorben toda energía centrífuga. Pero queda del relato la saga inmemorial de los renegados como búsqueda de libertad.

A propósito, remito una entrada de Facebook con una historia o leyenda muy hermosa en torno a los Amazigh – Los hombres libres- que creo que empata a la perfección con el arquetipo del renegado.

(27 – 31 Los escritores marroquíes en Francia, en tierra de nadie). A partir de estas páginas mi escritura vacila. No puedo seguir de la mano al maestro del ensayo, no porque no quiera, sino porque me lleva trechos, como si él anduviera como el gato con botas de siete leguas y yo a trompicones. Su escala no es por cierto frente al mapa la de uno a uno  -“el mapa no es el territorio”[1]-, pero es más próxima a tierra que la mía, que ahora debo esmerarla como si sobrevolara con saltos de garrocha con generalidades o como si anduviera torpe a trancos montado en cómicos zancos.

Gracias a la lectura de Pan a secas de Chukri, facilitada no hace más de dos años por la amiga que me inició en Marruecos, Clara Riveros, sé de la atmósfera general, pero no avanzo más allá de los frontispicios de Goytisolo, Bowles, Tenesee, Genet, con algunas lecturas de sus obras, no las referentes a su estadía en Marruecos y eso de hace algún tiempo. Tampoco sé de los personajes que van y vienen como el Moro Ricote en Cervantes entre uno y otro lado del Mediterráneo y Francia.

No es sólo asunto de cercanía. Los españoles tan engañados por el espejismo de Tinduf están mucho más cerca que yo de la posibilidad de leer al derecho y al revés a Marruecos, pero no pueden porque no quieren y ni siquiera saben por qué no quieren, que es lo peor: por enojo contra Marruecos que les privó del reducto colonial, diría alguien, pero entonces hasta obraran sin saberlo como lo haría Franco si viviera, queriendo partir de allí para otra reconquista, qué se yo.

Pero puedo sacar provecho de la lectura no sólo para “noticiarme”, como dicen, sino para intentar un diálogo respecto a algunos temas donde pueda haber intersección. Que los hay y muchos. Impacta que la categoría de renegados se desdoble en los renegados por artificio – así los nombro yo con alguna picardía que explicaré-, los globales: Goytisolo, Bowles, Tenessee, y por otra parte los renegados por el duro arte de la vida – Genet, Chukri-. En los primeros hay algo de pose, en estos en cambio es como un estado “natural”, si por natural se entiende el modelado de la calle y de la vida dura como el pan y que por un milagro de la cultura alcanza la perfección de expresarse a sí misma sin otra pauta que el tosco y empecinado carácter. Los primeros a la vez son los que vienen aburridos de la resaca de sus países: traen el cansancio con los metarrelatos, están hartos de ver las repeticiones de la historia. No dejan de ser “intelectuales”, en el sentido ya desusado y casi decimonónico de una palabra y categoría que alcanzó a rozar la comedia y la entropía con Sartre y casi con Foucault, pese a sus obras.

Como son “intelectuales” los que por el contrario se van de Marruecos, pero no del todo, como parece que es el caso de la marroquí exiliada en Francia: ¿a dónde van? A la corte, diría yo con sorna y en mofa del regalismo francés. “Paris bien vale una misa”, como decía el dicho del siglo XVI atribuido al candidato protestante a ocupar el trono católico y por ende dispuesto a simular piedad. Traen como corresponde a los “intelectuales” la buena nueva de la “civilización”, incluido el recetario de la liturgia de la modernidad: el estilo, las maneras, el gourmet, la galantería; pero no dejan de llevar al Reino de arriba  – allí la marca del protectorado galo, de tan contraria suerte al más modesto y fehaciente cuño del español – el exotismo de un país del sur, sea el cuscús, sean los velos para cubrirse en ocasiones, sea un trozo de desierto.

Son, en suma, modos de ser que acusan todavía la mentalidad colonial, así protesten contra ella. Las pelucas se adivinan tras el corte de cabello. Es que una cosa son las declaraciones y otra muy opuesta la mimesis.

De ahí que para transitar por entre fronteras culturales sea imperativo asumir la radicalidad del renegado de veras que predica y practica José María Lizundia Zamalloa. No es fácil empotrarla en uno pues ella implica instalarse en la sorprendente paradoja del meteco tal cual fuera formulada por Edgar Morin en su libro Mis Demonios:

Pertenecía a aquello a lo cual no pertenecía y no pertenecía a aquello a lo cual pertenecía.

¿Se comprende lo que entraña esta doble negación? Yo diría que es el lema y el método de quien pueda proclamarse de veras como el renegado en la propiedad de una libertad suma que exige un coraje debido al desasimiento, como lo iniciara con su gesta solitaria Montaigne. Que es el camino que sigue José María Lizundia Zamalloa y también yo trato de seguir, aunque sé que no somos ángeles, ni tampoco fantasmas que hayan dejado la osamenta allá abajo en la tierra. Si se observa bien, la sentencia de Morin, no por azar casado con una marroquí,- tema que valdría la pena explorar-coincide con la célebre paradoja de Roussell relativa a un conjunto que sea el de los no conjuntos. Absoluta soledad, casi número imaginario, existencia fantasmal. Ser fractal y liminal. Ni de adentro ni de afuera. Tachado por los de adentro como extranjero y visto por los extranjeros como impropio.

Desasimiento he dicho con plena intención. Es la misma palabra que usó Heidegger para titular un hermoso libro: Gelassenheit, mal traducido como serenidad, cuando quiere decir abandono total. Y porque el abandono acoge al pensador, podrá llegar la serenidad, pero esta no es condición o atributo del desasimiento que, como en la mística, opera de modo gratuito porque no admite intereses. Fue lo que Rainer Maria Rilke enunció en la primera Elegía del Duino con la tonalidad del cuadro El Grito:

En verdad es extraño no habitar ya la tierra, [2]

no practicar ya ninguna aprendida utilería,

no asignar a la rosa ni a cosas parecidas

la condición de oráculos;

dejar de ser aquella cosa que disponían

angustiadas manos y aún abandonar

el nombre propio como juguete roto.

Extraño es no desear más deseos. Extraño

que todo lo sólido se disuelva en el espacio.

Y que el estado mortal sea aún tan grávido que impida

sentir poco a poco la eternidad.

(Primera elegía, traducción mía).

Sólo que Heidegger nunca pudo desprenderse del peso tribal tan fuerte en la tradición germana. Fue una de las razones por las cuales adoptó al buen Hölderlin – ajeno a estos cálculos- por su cantar a la Vaterland y su Sehnsucht o nostalgia por Germania. Y también la causa de que un pensador que tanto saqueara, literalmente, a Rilke, lo desechara porque como ninguno antes que él el poeta de Los Sonetos a Orfeo no tenía patria distinta a Europa, si es que podría decirse de él que viviera en algún lugar distinto al no lugar, es decir, a la utopía. Fue tal vez el primer pensador sintiente cuya patria careciera de fronteras políticas. Pues luego de la primera guerra mundial el lugar natal se perdió del mapa geopolítico por la disolución del imperio Austrohúngaro. Caso casi tan dramático cual fuera el del novelista húngaro Sándor Márai, con el pesar para éste de que su idioma era el húngaro y su patria fuera envuelta en la telaraña del bloque socialista, como relató en su mejor libro, uno autobiográfico: ¡Tierra, Tierra!, un libro indispensable para examinar las estrategias de captura de la sociedad entera por el totalitarismo del socialismo llamado real.  Pero ambos, junto a Musil, continúan ahí como faro para un pensar denso.

(33-35. Antes que los renegados estaban los divergentes). En este y en el siguiente pasaje sí que me he revuelto en el huso de la cama por intentar dormir viendo cómo se escurren la una, las dos, las tres y las cuatro de la mañana. Así en la cuenta de muchas horas, pasmado, hasta que como suele sucederme con los sueños de enero del nuevo año di con una clave autobiográfica que me despejó el camino.

Y es que frente al psicoanálisis, o mejor: frente a las muy distintas modalidades de psicoanálisis yo fui y soy un triple renegado. Triple porque pasé por tres divanes, cada cual con su tendido propio: Freud&Fromm; Freud&Lacan&Melman (un disidente de Lacan); y el peor: un psiquiatra&abogado forence&prozac (la supuesta pastilla de la felicidad, no tan útil para una anamnesis como un cigarrillo de bazuco, como exagero por burla).

Al paladear muchas veces durante la noche la palabra “re/negado” y al disponerme a escribir los sueños en el diario que llevo, sueños de la segunda jornada del primer mes del 20-20, caí en la cuenta de que el primer psicoanalista – un excelente defensor de los derechos humanos, un magnífico escritor de algunas novelas y un mejor escritor comentarista de Freud&Fromm y quien tuvo la bondad de remitirme a Derrida y otros pensadores galos –, pero pésimo psicoanalista pese a ostentar el nombre del visionario José- paladeaba como vino en su glotis un nombre vecino de la palabra renegado: – el psiconálisis, sostenía, operaba frente al paciente por apófasis.

Esta es una palabra desaparecida por anacrónica del diccionario de la Real Academia. Es lástima porque el anacronismo es fabuloso. Es un concepto de la filosofía y de la patrística griegas propio de la teología negativa y por ende de toda mística, esto es: que de Dios no puede predicarse nada positivo porque lo máximo que se puede hacer es denegar cada atributo posible por impracticable: mucho antes de Karl Popper quien negará la posibilidad de verificar cualquier teoría, pues lo máximo posible es falsarla, la teología negativa reaparecerá con carácter secular y sería muy consentida en el pensamiento paradójico de Derrida.

¡Así pues y para remitirme a los efectos prácticos de tal psicoanálisis, fue la apófasis un elegante modo de ningunear, como se dice, al pobre paciente tratado como un Dios! ¡O como un diablo, porque en la concepción gnóstica son uno y lo mismo, confundida su lucecilla con la gran sombra que lo abriga y a la vez esconde! Y no es que, como pudiera fantasear el analista, el paciente quiera copular o algo así, ni más faltaba, con el senex que se asienta en la cabecera.

Se trata de una estrategia que el mismo Freud esmeró en uno de sus últimos escritos técnicos: Las construcciones en el psicoanálisis. Donde como un Dios sentencia que el valor de las construcciones es absoluto, sea que el paciente las afirme o las niegue. Como quien dice: con cara gano yo, con sello pierde usted, pues de cualquier modo la afirmación o la negación arrojan una información para el analista. ¡Y sólo hasta ahora calibro que las sucesivas negaciones a concederme el premio de poesía mística obraron en el mismo sentido de desaparecer al ya invisible, por lo cual agradezco a otro José, José María Lizundia Zamalloa la oportunidad para pasar indemne por el duelo!

Porque en el fracaso y en la sombra también hay virtud en potencia. Pues valido de todos los renegados del psicoanálisis, los heterodoxos y herejes, de Jung a Ferenzci a toda la escuela húngara, Melanie Klein, ejemplar, y Niklas Abraham y Marie Torok, es decir, de todos los condenados y vueltos a condenar por Lacan porque del defecto yo sacaría ventaja para forzar a Freud y aún a Lacan a reclinarse en un imaginario Diván: someterlos a apófasis y a cura a posteriori.

Dos ejemplos entre decenas bastarán aquí por ser pertinentes: cuando se pontifica en torno a que el camino de castración deberá conducir al paciente a seguir En el nombre del Padre la senda de la Ley será forzoso pensar de modo iconoclasta en dos dimensiones. Primera, ¿por qué no habrá de seguir el analizado su destino precursado En el nombre de la madre? Allí hay no solo un factor de género, sino un problema muy complejo al cual retornaré: la desatención del papel de la madre en la formación del sujeto, tan puesta en evidencia por Mélanie Klein a contrapelo de Ana Freud, hace perder de vista el papel del eros en el vínculo entre comunidad y sociedad y por ende la posibilidad de alcanzar alguna conciliación entre la techné y el eros que trascienda la lógica del uso de la mujer como gancho del consumo adictivo.

En segundo lugar, como el mismo Lacan intuía, la autoridad del padre como portador del sentido simbólico para equilibrar lo real y lo imaginario, su nomos, su encarnación de la Ley y del Logos, contiene un a-nomos arbitrario y autoritario, una anomia fundamental. Fue la gran genialidad de Kafka develar esta paradoja no solo en su Carta al Padre, sino en El Proceso y El Castillo.

Es lo mismo que sucede con el Estado que en su raíz definida por el Leviatán funda la ley mediante el terror y en suma en una ausencia de ley, que aquí y allá rebrotan si no hay contención democrática como un excedente de violencia arbitraria de Estado. Como examina Giorgio Agamben en relación a la Iglesia, la legalidad que ella predica se funda en último término en una ilegitimidad cuando, como cuerpo doble, celestial y terreno, lleva en su entraña la potencia maléfica del mundo, por tanto en forma de simonía, corrupción y pederastia, amén de muy distintas formas de coerción moral y de terrorismo psíquico (ver el texto El misterio del mal de Agamben).

Esta ambigüedad estalla como dinamita tan pronto se confrontan tres modalidades de Berith, el concepto usado por Weber para describir la alianza del pueblo israelita con Dios: la judaica, la islámica radical en sus formas de yihadismo y –sorprenderá sin duda esta tesis por iconoclasta- la del pacto secular del Destino Manifiesto de Estados Unidos. Esto último por la preservación a rajatabla de la Segunda Enmienda, la que protege los derechos de cualquier individuo a armarse. Para Sloterdijk en diálogo con Finkielkraut (Los Latidos del Mundo, en francés 2003) Estados Unidos es de los pocos países donde no se da la condición propuesta por Max Weber del Estado moderno instituido  como guardián del monopolio de la violencia legítima dentro de un territorio. Las palabras que emplean para juzgar este hecho con elocuentes: faltó la castración hobbesiana en la constitución del Estado. Así que el paraíso de las libertades, tan propicio para la creatividad colectiva, ocurre al mismo tiempo que en lo interno y en lo externo hay una fascinación por las armas y por ende por la violencia. El poder cualquier poder del gran Estado norteamericano, no se puede comprender sin el peso de la Asociación del Rifle y del vínculo con el armamentismo interno y externo.

Lo anterior se probó de manera dramática y espectacular cuando Estados Unidos en cabeza de Trump prosiguió sin chistar nada por la tremenda violación de los derechos humanos y del derecho internacional que concede a las embajadas el rango de santuario contra las vejaciones la venta de un lote de armas por mil millones de dólares luego de que fuera asesinado en la embajada de Arabia Saudita en Turquía un periodista saudita contrario al régimen. Y cuando por lo demás se propone la solución a los maestros de armarse para defenderse de las masacres escolares. En ambos casos, la prédica de los derechos humanos se subordina, como en tantos otros casos nacionales e internacionales, a la obnubilación por el armamentismo.

Todo lo anterior sin considerar algo que me he esforzado en plantear en libros y ensayos inéditos: que el capitalismo de Estados Unidos no es un movimiento secular, pues más allá de lo sugerido tímidamente por Marx y de lo estatuido positivamente por Max Weber no solo tiene una raíz teológica protestante, sino que es una religión camuflada, incluso con elementos de la magia antigua transferidos como sociedad del espectáculo y consolidados por una liturgia de las transacciones de dinero de tal fuerza que convierte a los grandes magnates en los monoteístas del mundo por controlar el valor de cambio y a la multitud del mundo en politeístas adoradores de los pequeños valores de uso.

(33-35: Antes que los renegados estaban los divergentes): nada de las circunvoluciones anteriores niega lo que de modo meridiano asienta en su vuelo analítico José María Lizundia Zamalloa, sea por su propio razonamiento, sea amparado en pensadores que yo desconozco y a los cuales trataré de prestar atención, como en este caso el sirio Adonis, pero quizás permita modular con mayores matices el asunto para develar ese misterio tremendo que encierra el vínculo entre sociedad árabes e islamismo en sus diferentes variedades, que las hay muchas.

Y aquí manifiesto con júbilo mi entera adhesión a su idea de hallar cauces de moderación en los renegados y disidentes dentro del mismo islam. Nuestro punto de encuentro es la figura somera del murciano Ibn Arabi, otro pensador que en su propio periplo encarnó en su arco vital de España a Marruecos, al Magreb y a la Anatolia, él solo, la configuración de una eticidad tan propia a la vez que acendrada dentro de la tradición islámica. No se puede desdeñar en ello su afectación por el prodigio de Al Andalus múltiple y tolerante.

Sigo en este encuentro más allá de lo que ya planteara yo en Marruecos, Rosa de los Vientos, en torno a la milagrosa confluencia de las místicas católica, hebrea e islámica. Del tiempo de la escritura del libro, ya corrido medio año, me he dado en bajar de internet, del portal de Academia Edu, no menos de veinte ensayos y libros que versan en torno a la probadísima influencia del sufismo en la moderación del islam, no solo en su dirección de Turquía y Pakistán a su diálogo con el hinduismo en India, ni tampoco solamente en su fecunda amalgama con diversas modalidades del budismo en el sudeste de Asia, sino también su efecto quizás menos examinado pero muy probable en dirección hacia el occidente de África, incluido por supuesto Marruecos. Una de las tareas que me propongo en este primer semestre es examinar esos materiales para escribir algún ensayo que pudiera ser relevante.

Porque parto de una convicción: la democracia y la modernidad no son recetas únicas. En ello encuentro acuerdos plenos con José María Zamalloa. Hay problema por supuesto comunes a todas las latitudes, como este que intenté formular en un género que no es que sea propiamente propicio para estas reflexiones, como es el de la poesía, y más en el poemario fracasado titulado ¡Sólo el Amor!:

Tú me enseñaste que en lechos sociales mal se avienen a copular bajo mismos cobertores la pareja tan dispareja formada por igualdad y libertad. Lo revelaste por el hermano detenido en perpetua infancia al cual debí ceñirme. Porque si a libertad no se le mondan antojos echará a la igualdad y aún la expulsará de casa. E igual sucederá a inversa. Ni se precisa del horror de Procusto para achicar demasías o alargar figuras, a fin de que símiles tan disímiles acuerden respirar unísonos; ni tampoco la fraternidad será el remedio, pues tantas veces fuera peor que la enfermedad cuando ejércitos de hermanos degollan a caudas de rivales hermanados. La sabia mesura del espíritu dicta que la solidaridad sea el rostro secular de eros y caridad por los cuales el límite de cada uno sea el espacio donde el otro inspira. Así ruegas que tantos reclamos por la concesión de derechos propios superen clamores infantiles al mirar con temple los derechos de otros, semejantes pero también disímiles y los concilien en pensamiento y obra con la liturgia de deberes, pues solo así habrá concierto. Honro al hermano que fuera maestro aunque se reputara como tonto puro, el menor siendo mayor.

El hecho es que la democracia necesita recrearse cada día en cada lugar partiendo en cada caso de un humus propio y de paisajes, comunidades, sistemas sociales y culturales distintivos poniendo en juego en cada lugar la creatividad social y personal de los dolientes de cada lar. Fue por esta razón por la cual no cabía de mi asombro y no escatimé razones para ponderar en la tercera parte del libro Marruecos, Rosa de los Vientos como milagrosa obra de transformación social la emprendida por el amigo Bachir Edkhil con la Fundación Alter Forum Internacional con sede en Smara y El Aiún: por una razón que allí argumenté pero que merece todavía no pocos escolios: por aliar el eros comunitario encarnado en la figura de la mujer con la techné dominante en los sistemas sociales. Pues para resumirlo en pocas palabras, el matrimonio simbólico de la comunidad con el Estado, uno que parta de sus diferencias radicales y su tendencia a disociarse, es como alcanzar la gracia de un sosegado oxímoron sobre la tierra. En esos suaves pero rápidos cambios y no en griterías, ni fusiles, ni reyertas radica la posibilidad de abrir avenidas para vivir en convivencia con la naturaleza y con los congéneres.

(37- 40: Dos acidentes separados por meridianos). Antes de abordar en pleno esta decisiva inter/sección, vale la pena tratar un asunto pendiente, no irrelevante para ilustrarla mejor. No culpo del todo a los analistas por reafirmarme como renegado a través de una severa apófasis. Hay un telón de fondo que explica por qué resbaló el psicoanálisis en la interpretación cabal de mi drama existencial y por qué precisaría de muchos rodeos para dar cuenta razonada del malestar contemporáneo.

Mi padre quedó huérfano de madre con la denominada Gripa Española de 1918. Apenas contaba con dos meses cuando el seno tibio de la madre se convirtió en el seno helado y por tanto malo de su infancia. Fue como si en toda su vida debiera recitar una y otra vez los versos más tristes de Paul Celan: escritos en 1952 cuando yo tenía seis años por lo que parecieran destinados al pobre infante:

Negra leche del alba la bebemos al atardecer
a mediodía la bebemos de mañana y de noche

bebemos y bebemos
y una tumba en el aire cavamos  estrecho allí no se yace

Vive un hombre en la casa juega con serpientes escribe

y escribe Alemania al atardecer Margarete tus cabellos dorados
escribe y sale de la casa y fulgen las estrellas y silba a sus perros venid

y silba a sus judíos que salgan cavad una zanja en la tierra
tocad nos manda danzad.

Pero es necesario ir más allá a través del pathos para comprender los signos cruciales de los tiempos impuestos a distancia a un infante. Dolido por la viudez y con seis hijos a cuestas, el consorte, el padre de mi padre se entregó sin remedio a la adicción a la morfina, de la cual murió cuando mi padre contaba apenas con seis años. Antes de lo cual lo había entregado a la custodia de una viuda costurera pobre a cambio de algunas morrocotas.

Puede figurarse el desorden tremendo de las coordenadas vitales de mi padre si se mide en términos del famoso Nudo Borromeo de Lacan, en el cual cifraba su maduro aporte a la nueva versión del psicoanálisis:

La convención indica que el anillo rojo por servir de fundamento denota lo Real. El izquierdo incluso si juega con las lateralidades del hemisferio derecho del cerebro y de su mandato sobre el sistema parasimpático vecino al corazón mentaría Lo Imaginario. Y el derecho en contrario sentido por aludir a lo recto se ordenaría en función del sistema simpático del sistema nervioso autónomo y se referiría a Lo Simbólico. El equilibrio de la psique radicaría en la función mediadora de lo simbólico (lo que denomino en mi Teoría Dramática y Tramática de las Sociedades como la poiesis simbólica en general, incluidas las significaciones de ciencia, tecnología, técnica, las estéticas, las éticas y las profundas) para aparejar lo imaginario de tal modo que no se desborde psicoticamente como “la loca de la casa”, según la célebre expresión de Santa Teresa de Jesús.

Maravilloso concierto, se diría. Sólo que es muy cartesiano y como examinaré los anillos caen como el tiempo “out of joint”, fuera de quicio, a tono con la expresión agónica de Hamlet. Porque para referirme al caso de mi padre y por ello a la propia deriva de mi destino: ¿qué fue Lo Real, qué Lo Imaginario y qué lo Simbólico? Sus padres reales devinieron imaginarios, esto es: ficticios, virtuales. En tanto que su madre adoptiva fue putativa, esto es imputable como virtual. El mismo desorden dramático bajo los cielos de ese anclaje biológico real que es el sistema de parentesco.

¿Qué salvamento simbólico sirvió a mi pobre padre para esquivar la psicosis, siempre al borde de ella? La respuesta es asombrosa: el fútbol, esto es el juego. Fue número diez de la base del club Millonarios hasta que se jodió la rodilla sin remedio. Pero aún así, baldado, el juego – esa dimensión tan cara al mundo español- siguió siendo su precaria tabla de salvación. Así que sólo hasta hoy cuando escribo estas líneas con sumo agradecimiento a José María Lizundia Zamalloa comprendo y disculpo mi ludopatía.

Pero he de trascender la anécdota biográfica. Porque esa pasión por el juego como un precioso pero siempre arriesgado esguince al caos fue el fundamento del barroco europeo y americano. Forzado por la Contrarreforma y por esa fuga precipitada del mundo real hacia las nubosidades del solecismo, el talante estético español, en yunta con el ya descosido imperio austrohúngaro se sirvió del prodigio de la ficción en retablos, capillas, ornamentos, procesiones, estampas para tornar presente lo impresentable – Dios, los santos, lo celeste – o cercano lo absolutamente distante – el Rey, la Reina, la Corte. De suma pobreza el barroco horneó panes benditos y a punta de encantamientos casi del orden mágico tornó verosímil lo inverosímil. Prodigioso juego aunque a la postre se descubriera que más allá del estuco y del barniz sólo había tumbas. La misma nada, el vacío sum.

Pero el barroco inficionó a contrapelo toda la modernidad y está en el fundamento de la polisémica crisis de representación que atraviesa todo el siglo XX. Otra vez se recita el cuento de que los vencedores quedan vencidos por aquello que dominan. Pues no se entiende el capitalismo ni menos el post-capitalismo, si cabe el término,  sin el aprendizaje del gran laboratorio barroco, así como serían ininteligibles los discursos en torno a la división de poderes, ni el novísimo estatuto de los derechos civiles y humanos sin contar con los precedentes del Derecho Indiano con sus particiones milimétricas, así fueren inoperantes tantas veces en terreno, y sin el Derecho de Gentes como una inaudita gesta para afrontar la infinita diversidad derivada de las nuevas tierras y las incontables multitudes ladinas.

Solo que aquella estética forzada por la roca de una realidad compleja devino cálculo perverso de la techné en la manipulación de la masa mundial. ¿Qué es la perversión? La RAE define en segunda instancia el concepto así:

“Inclinación antinatural en los instintos y el comportamiento”.

Destaco en cursiva el calificativo de antinatural por asociarlo a lo virtual o imaginario. Es la Matrix, así de simple. Una realidad virtual – palabra que sería un oxímoron si no fuera porque lo virtual es hoy más real que lo mismo real- que absorbe todo el panorama del mundo y que hace que estalle en mil pedazos la serena y sobria figura del Nudo Borromeo. Pues hoy lo simbólico deja de ser la mediación áurea para distinguir lo real de lo imaginario. Y no deja de ser casual que la formulación del Nudo Borromeo fuera desecha ya desde 1967 con la publicación del libro ya clásico de Guy Debord La Sociedad del Espectáculo.

¡Nada empero nuevo bajo el sol, se diría, pues es un ritornelo del mito de la Caverna y una remembranza del asedio de los idola denunciados por Bacon en el Novum Organum: de la tribu, del foro, de la misma caverna y del teatro.

No quisiera empero atribuir una malévola inteligencia a quienes dominan la escena del sujetamiento contemporáneo. Porque el problema va más allá de las voluntades o de los engaños. Pues sucede que la irrupción de los medios de comunicación y del mundo audiovisual nos ha cogido muy de mañana con los calzoncillos medio puestos y medio cagados, para burlarme.

Nos falta una profunda semiótica propia de lo que el amigo matemático y semiólogo Fernando Zalamea denomina como una razón expandida, que es precisamente la que puede brotar, como él argumenta, de las cenizas del mundo hispanoamericano y a través del juego estético, se diría en el númen de Fedricho Schiller: una que no se restringa al logos, sino que lo hermane con el eidolon o imaginería estética del misterio como drama sumo, con el eidos o sea con las ideas como arsenal simbólico, con la phoné u oralidad tan pródiga en estas latitudes ladinas y por supuesto con la physis, la zoé y el mismo bios como nuestro sustrato común.

Y es aquí, desde este balcón, donde me asomo a glosar este pasaje de la fabulosa narración de José María Lizundia Zamalloa. Pues, ¿no es acaso en este puente tan estrecho donde la deriva continental ha aproximado a dos continentes donde podremos encontrar los hilos de esta razón expandida? ¿No es por España y su triple mirada a África, América Ladina y a Europa donde podríamos encontrar la razón de esa nueva trinidad que dibujara a contrapelo de la Inquisición el pintor neogranadino Arce y Ceballos en el siglo XVII tan barroco?
Con los debidos matices, ¿no es en esta juntura donde podríamos hallar el hilo de Ariadna del Eros tan bien predicado por Lizundia para emerger del laberinto indemnes y más creativos? ¿No sería esta triple mirada desde una figura mestiza y hasta zamba la que nos permitiría enmendar esa rotura del famoso Nudo Borromeo no por cierto para topar con la Arcadia, sino simplemente para hacer más llano y amable este pasaje por la tierra?

Este es un artículo exclusivo de Gabriel Restrepo para CPLATAM -Análisis Político en América Latina- © 

Seminario San José Obrero, Corregimiento de La Esmeralda, municipio de Arauquita, Departamento de Arauca, Colombia. Diciembre 3 de 2019, enero 1 y 2 de 2020.

 

Notas

[1] Frase muy citada por el gran Gregory Bateson que nunca la reclamó como suya, porque no lo es, pero que pasa como muy suya y que será motivo de uno de los más deliciosos relatos breves de Borges: El rigor de la ciencia: En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.
Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.
Suárez Miranda, Viajes de Varones Prudentes, Libro Cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658.
[2] Este segmento es lo más precioso de la primera elegía. Es la canción del desolado. La elocuencia del Hombre sin Atributos, la novela de Robert Musil que en sentido estricto ha debido traducirse en su título Der Mann ohne Eigenschaften como El hombre sin propiedades, en el sentido polisémico burgués de “propiedades” como cualidades o bienes. El clamor de quien lo ha perdido todo. Resonará en Stig Dagerman: Nuestra necesidad de consuelo es imposible de colmar: del desheredado no ya del paraíso, sino de la naturaleza misma.

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