Fue un acto político profundamente democrático

Marché ayer porque creo que cuando la tragedia se nos impone e instala la pena y el temor entre nosotros con un hecho de la dimensión de un magnicidio, es natural que nos unamos para soportar, acompañados, un hecho que, desde que recuperamos la democracia, descontábamos que no resurgiría entre nosotros.

Caminé para expresar mi respeto por Alberto Nisman, un hombre de la justicia que ejerció su tarea pública tal y como creyó que se lo ordenaba su función. Estuve ahí porque quise acompañar a su familia en su estupor, en su dolor, en su duelo y en su legítimo reclamo de saber la verdad.

Cuando se ve al Estado lejano, ausente; cuando prima entre nosotros la convicción de la ineficacia de las instituciones que deben atender nuestras necesidades y están obligadas a garantizar nuestros derechos. Cuando vemos azorados a funcionarios que fingen mirar para otro lado mientras montan maniobras de distracción. Cuando contemplamos que desde las más altas investiduras, con gélida actitud, no se emite ni una palabra de solidaridad con quienes lloran la pérdida de Nisman. Cuando se utiliza con impudicia cualquier recurso para atemorizar y disuadir la asistencia a una movilización que perciben “peligrosa”, cuando todos sentimos que se traspasó una raya, creo que no debería sorprender que gente, que seguramente no comparte sus elecciones político partidarias o religiosas, se mueva codo con codo para exigir que ni la muerte del ex fiscal ni la voladura de la Amia queden irresueltas o atrapadas para siempre en la lentitud de la justicia.

Soy consciente de que cada uno de los que caminamos teníamos en mente decenas de diferentes reclamos cotidianos. Sin embargo, marchamos en silencio, sin gritos, sin pancartas, sin identificaciones partidarias porque con esa consigna fuimos convocados. Caminé todas las cuadras del trayecto desde el Congreso de la Nación hasta la Plaza de Mayo con mis amigos del Club Político Argentino sin asustarme de que se me acusara de “hacer política”. Siempre que nos reunimos en una concentración, producimos una acción política. Solo quien actúa de mala fe, dirá que asistiendo a la marcha del 18-F se conspira con intención golpista. Sólo una mente afiebrada podría especular con la posibilidad de que la Presidente Cristina Fernández de Kirchner termine anticipadamente su mandato. Ya aprendimos que cada vez que un gobierno legal y legítimo llegó a su fin antes de término, víctima de un golpe militar o de una crisis económica o política, el país retrocedió: sus instituciones se debilitaron, la fisura social se profundizó y un gran número de personas terminó ingresando al mundo de los no integrados. Sepan aquellos que hasta hoy pretendieron hacernos desistir de estar presentes el 18-F en la Avenida de Mayo que desde hace mucho somos conscientes de que la consigna “cuanto peor mejor” contribuyó a desencadenar la tragedia de los años 70 durante la cual perdimos todos sin diferencias: nosotros y ellos. Por fin, teníamos derecho a reclamar a las máximas autoridades nacionales y de la Ciudad que garantizaran que todo el recorrido terminara en paz. Y así fue. Esto me anima a pensar que tal vez, algún día- deseo tanto que no esté lejano- podamos hacer que fluya el diálogo sin distinción entre ellos y nosotros. Creo que se puede.

Graciela Fernández Meijide, Socia del CPA

Clarín, 19-2-15

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