Felicitaciones señora Aguiñaga

Publicado en: Análisis, Ecuador, Populismos | 0

No es por ser contreras. Pero bien analizada la expresión de Marcela Aguiñaga, quizá cabría felicitarla. Vamos a ver. ¿Hay razones para que el cabreo sea generalizado? Sí hay. Primero por su atropello a la lógica: ser sumiso para ser rebelde… es, por supuesto, una contradictio in terminis, como dicen los latinológos. Luego ser sumisa para luchar por los derechos de la mujer… Pues activa los fantasmas machistas que las mujeres tratan de enterrar, en forma sistemática, desde 1949 cuando Simone de Beauvoir escribió El segundo sexo. En fin, esa frase resume la involución que esa lucha ha sufrido en esta mal llamada Revolución Ciudadana… Sí hay motivos para estar cabreado.

Pero Marcela Aguiñaga merece ser felicitada. Pocos como ella han resumido, con tanta sinceridad, la razón sustantiva para sobrevivir en este gobierno: ser sumiso. Aguiñaga dijo que es y será sumisa mil veces “cuando se trate de luchar y reivindicar los derechos de la mujer”. Paola Pabón, Gina Godoy y Soledad Buendía, asambleístas a quienes el oficialismo prohibió hablar durante un mes, dirán que aceptaron callarse para así luchar mejor por los derechos de la mujer. Virgilio Hernández dirá que acepta gobernar con Alexis Mera y Jorge Glass para que así avance luminosamente en este gobierno la visión de la izquierda…

Marcela Aguiñaga habló de las mujeres. Pero su frase está construida con la inteligencia del sobreviviente que se mueve en territorio minado. Seré sumisa, dice para comenzar. Da por hecho que ya lo es y advierte al aparato y al Presidente, en particular, que así continuará. Lo que dice a continuación tiene importancia. Pero lo esencial ya estaba dicho. Sumisa para lo que sea: votar una ley, callarse ante el castigo infringido a sus colegas, justificar lo injustificable… No importa.

Ella habló de mujeres pero, cual antropóloga política, describió en una frase el código de conducta que instaló Correa en el gobierno: la obediencia ciega, la sumisión crasa. ¿Acaso, al inicio, cuando Alberto Acosta distribuyó camisetas a parte del gabinete en el Buque Escuela Guayas –camisetas a favor del Yasuní– el Presidente no les mandó a que se la sacaran y todos (salvo Acosta) obedecieron? ¿Acaso Correa no alineó a los partidarios de manejar la sexualidad como un asunto personal y de salud pública, en defensores de la visión más retrógrada e irresponsable que se pueda imaginar? ¿Acaso este gobierno no es la escuela de mutantes más extraordinaria que haya conocido la política del país? ¿Y esos mutantes (hombres y mujeres) no han torcido el cuello a la lógica, la semántica, la historia, la ética, la decencia intelectual… para ocultar lo que Aguiñaga reconoció sin remilgos? Que para estar ahí donde están, con guardaespaldas, asesores, carros oficiales, buenos salarios, sirenas, tribunales de la inquisición para obligar a los ciudadanos a que los respeten… solo requieren ser sumisos. Sumisos al proyecto: sumisos a Rafael Correa.

Aguiñaga quebrantó la lógica al decir que es sumisa para defender los derechos de las mujeres. Pero el sumiso no requiere doctorado en lógica. Y los que tienen doctorados prescinden de los protocolos que aprendieron para razonar. Miren a Fernando Bustamante, el gran liberal hace una década de la Universidad San Francisco. En días mutó en revolucionario. Y aprendió hasta las canciones polvorientas que canta el Presidente. Bustamante es hoy un anodino asambleísta de un gobierno que asesinó a su maître à penser: Montesquieu y su división de poderes. ¿No es contradictorio todo eso con las lecciones que impartió durante años a sus estudiantes? ¡Pero qué importa la coherencia y la decencia intelectual! Si para estar en el gobierno se requiere que lógica y absurdo sean sinónimos, pues al diablo la semántica. Y la historia. Y la deontología propia del intelectual. Bustamante, además, no tiene la sinceridad de Marcela Aguiñaga. La sumisión es una actitud que, en su caso, se adopta con relativa discreción. Algo le queda de sus viejas poses aristocráticas.

¿Y Betty Tola, Alexandra Ocles, Rosana Alvarado…? De izquierda se dicen. De aquellas dispuestas a convencer a quien se ponga por delante que jamás avanzaron aquí tanto los derechos de las mujeres. La prueba es que ellas están en donde están. Ellas hacen parte de esa franja que mira hacia otro lado cuando el gobierno reprime a indígenas y dirigentes sociales. Es la franja que dice luchar en el interior del gobierno para que la revolución no aterrice en los salones de Glass, Cely, Cassinelli, Alvarado, Panchana, Espinosa… de los bussinesmencomo los llama esa franja que, ocho años después, sigue diciendo que no hay autoritarismo y que si hay corrupción no es de ellos; que sí hay caudillismo pero que la represión pudiera ser peor –como ciertas leyes– si ellos no estuvieran en donde están…

Esa izquierda que hila sin cese piruetas retóricas para ocultar su realidad: una sumisión que, en su caso, es más pronunciada porque Correa los tiene bajo sospecha. Se han quedado a pesar de que les han dicho submarinos, infiltrados, militantes con agenda propia… Son sumisos y lo han sido una y mil veces, pero nunca lo reconocerán: Aguiñaga es más sincera.

Sumisos, entonces, a pesar de los ataques groseros y públicos. ¿O no Fánder Falconi?

Sumisos a pesar de haber quebrado valores éticos y morales que al inicio decían ser inquebrantables. ¿O no Gustavo Jalkh?

Sumisos a pesar de tener que violar hasta la historia personal. ¿O no Javier Ponce?

Sumisos a pesar de perseguir a aquellos que ayer defendieron con valentía. ¿O no José Serrano?

Sumisos a pesar de afirmar que eternizarse en el poder es abrir todas las puertas a la corrupción. ¿O no Fernando Cordero?

Sumisos a pesar de considerar que este Gobierno habla de economía popular mientras enriquece a los grupos económicos más poderosos del país. ¿O no Betty Tola?

Sumisos a pesar de las falacias. De las mentiras. De las contradicciones. De la doble moral. Del cinismo. De haber vaciado las palabras de su verdadero contenido. Sumisos a pesar de todo. Por interés o por miedo. Por amor al poder o por nostalgia de lo que quisieron ser y no son. Sumisos que no osan decirlo.

Felicitaciones Marcela Aguiñaga, sumisa reconocida pero vicepresidenta de la Asamblea Nacional. Al menos usted es sincera.

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, mayo 15, 2015.

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