Elecciones bolivianas: el fin de la polarización

Desde que Evo Morales irrumpió en el escenario político boliviano, con sus propuestas estatistas, su exaltación de lo indígena y sus críticas a la gran propiedad privada, la oposición a este nuevo fenómeno histórico se expresó bajo la forma de movimientos “anti-evistas” que, en las elecciones de 2005 y 2009, agruparon a alrededor del 35% de la población en torno suyo, con una posición que sumaba el liberalismo, todavía atractivo para las clases medias, al miedo a una intentona socialista, que atenazaba sobre todo al departamento más próspero del país, Santa Cruz, y a la desconfianza que los mestizos acomodados sentían respecto del alcance que el emergente empoderamiento indígena podría llegar a tener.

Así, en cada una de estas dos elecciones la población boliviana se dividió entre una mayoría nacionalista y una minoría de asustados por lo que esa mayoría podía llegar a hacer, tanto en el área económica como en cuanto a su “revancha” de las ofensas centenarias a las razas originarias.

Hay claros síntomas de que este tipo de polarización ha desaparecido y por tanto no guiará las decisiones de los votantes el próximo 12 de octubre. Ocho años de gobierno de Morales han adecuado a la población, y en especial a la población de Santa Cruz, a un modelo económico y una forma de hacer política que, con virtudes y defectos, en todo caso están lejos de la imagen que de ellos tenían los sectores más resistentes al cambio. El suyo ha sido un gobierno sin demasiadas ganas de socializar la propiedad, excepto cuando se trataba de la propiedad de los recursos naturales o la de sus enemigos políticos (por ejemplo, nacionalizó una fábrica de cemento de Samuel Doria Medina, el principal candidato de la oposición en estas elecciones). Y si nos saltamos los discursos, ha mostrado menos ganas todavía de aplicar el paradigma indigenista del “vivir bien”, el cual, como se sabe, desprecia el desarrollo económico en aras de la armonía ambiental y social.

Por el contrario, gracias al boom de las exportaciones de gas y minerales, y con el abierto empuje del Estado –que en este tiempo se ha triplicado–, los últimos diez años han sido el escenario del más formidable proceso de expansión capitalista de la historia del país. En este lapso el PIB ha crecido a un promedio de 4,8% anual, pero la construcción y la banca lo han hecho a un ritmo aún más acelerado. Santa Cruz, el bastión de las élites que fueron defenestradas por el evismo, está creciendo entre dos y tres puntos por encima del promedio nacional, con lo que se ha convertido en una de las regiones más dinámicas de Latinoamérica.

Si durante una parte de su gestión Evo Morales tenía como costumbre nacionalizar una empresa trasnacional cada 1 de mayo, esa “tradición” se ha abandonado hace un par de años. Por el contrario, el gobierno está procurando atraer inversiones extranjeras incluso en el área más delicada para la sensibilidad nacionalista, que es la de los hidrocarburos. Y si en el pasado Morales persiguió a algunos de los líderes de la industrias agropecuaria de Santa Cruz, que en ese momento se oponían crudamente al mando del líder cocalero, ahora ha llegado a acuerdos de convivencia pacífica con los que quedaron en Bolivia, y adoptó un plan decenal de desarrollo agropecuario que, para gran inri de los ecologistas, busca multiplicar por siete los dos millones de hectáreas de soya con que se cuenta actualmente.

La gestión económica del Presidente probablemente no sea sostenible, pero hasta aquí ha sido suficientemente exitosa como para explicar que entre el 70 y el 80% de los entrevistados en distintas encuestas crea que el país “va por buen camino”, lo que se relaciona directamente con la clara mayoría de Morales en la intención de voto, que es superior al 50%. En lo que le ayuda, sin duda, la patente injusticia de las reglas electorales, que conceden al gobierno la posibilidad de usar los logros de la gestión como propaganda electoral, y que no corrigen la enorme diferencia de posibilidades propagandísticas y control de los medios que separa a los oficialistas –que manejan los medio estatales y una buena parte de los privados– del resto de los candidatos.

Si la polarización asimétrica entre una mayoría evista y una minoría fuertemente antievista siguiera existiendo, el candidato opositor que tendría que figurar como el principal retador de Morales sería el ex presidente Jorge Quiroga, quien sin embargo está bastante detrás de Doria Medina. El derechista Quiroga, quien no hacía política activa hacía mucho, se posesionó rápidamente apenas después de entrar en liza, apareciendo en las encuestas con alrededor del 7% de la intención de voto; sin embargo, los estudios de opinión señalan que el segmento (radical) dentro del que puede crecer no supera el 10% de los votantes.

Por esta razón, mejores posibilidades tiene el centrista Doria Medina, quien no ha formado parte de la polarización en el pasado y, por el contrario, fue víctima de ésta en las dos elecciones precedentes. Pese a haber sufrido personalmente los rigores del gobierno de Morales, Doria Medina no despliega un discurso virulento en contra de éste; admite algunas de sus contribuciones, sobre todo su aporte al mejoramiento de las condiciones de los indígenas, y hoy concentra su oferta en la creación de oportunidades económicas individuales, de modo que la bonanza macroeconómica no se agote en el hinchazón de la infraestructura del país ni se dilapide en los proyectos faraónicos del Presidente, tales como la petroquímica o la producción de energía nuclear.

Como señal definitiva de que la polarización aguda ha desaparecido tenemos el hallazgo de los estudios de opinión de que los potenciales votantes por Evo se reservan como segunda opción a Doria Medina, y viceversa. Esto significa que la parte principal de la oposición boliviana ya no se erige sobre el antagonismo con el proyecto diseñado por Evo, sino sobre las dudas que Evo mismo despierta ante la población que, por otra parte, coincide abrumadoramente con él en cuanto a las características que debe tener la sociedad boliviana (un Estado fuerte, nacionalización de los recursos naturales, desarrollismo, apropiación libre e individual de la bonanza actual).

Esta es la explicación de la ventaja de Doria Medina sobre Quiroga, pero a la vez de la debilidad general –por lo menos en el corto plazo– de la oposición boliviana, pues es obvio que mientras haya consenso sobre un tipo de crecimiento y de organización social, los beneficiarios del mismo en las elecciones sean los autores, o al menos los principales impulsores de este consenso.

Por FERNANDO MOLINA
Infolatam, La Paz, 27 septiembre 2014

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