El (des)manejo político de la muerte de Alberto Nisman

La muerte de Alberto Nismanfue un mazazo para la opinión pública argentina, que aún no había asimilado su denuncia contra la presidente argentina y su ministro de Exteriores. La profunda relación entre un hecho y otro provocó numerosas suspicacias en una población muy acostumbrada a las sorpresas.

La muerte de Nisman, y utilizo adrede el término para no caer en problemas nominativos de si fue suicidio, suicidio inducido o asesinato, aunque tengo mis sospechas, tiene dos facetas claras. La primera, estrictamente policial y judicial, y la segunda, política. Desde el primer punto de vista, la investigación está en sus comienzos y con los datos disponibles es pronto para inclinarse por alguna de las opciones mencionadas. Pese a las no descartables intromisiones del poder, lo mejor es dejar actuar a los profesionales.

Lo más preocupante es el manejo político de la crisis que está haciendo el gobierno. Pese a las acusaciones deCristina Fernández, en su segunda carta de Facebook, de que prácticamente le habían echado el cadáver deNisman sobre su mesa, la presidente ha sido incapaz de asumir la dimensión de la tragedia y comprometer el respaldo total de su administración e incluso del Estado para resolver lo ocurrido.

La reacción gubernamental fue idéntica en los dos momentos claves del proceso: la denuncia de Nisman, sumada a su comparecencia en el Congreso, y cuando se conoció su muerte. Al igual que tras la elección papal de Jorge Bergoglio, se trataba de descalificar al enemigo, responsabilizándolo de todos los males. La primera carta en Facebook iba en esa dirección.

Cuando comenzaron a conocerse datos sobre el sentir de la ciudadanía y el convencimiento mayoritario del asesinato fue necesario cambiar el relato. Ya no fue un suicidio, ni siquiera inducido, sino un asesinato cometido por unos servicios de inteligencia autónomos y oscuros. Pese a no poseer pruebas la presidente señaló tajante que no tenía dudas sobre lo ocurrido.

El giro discursivo buscó cambiar la identidad de la víctima de la tragedia. Del fiscal suicidado/asesinado, Cristina Fernández pasó a ser el objetivo de la conspiración. Decía su segunda carta: “La denuncia del fiscal Nisman nunca fue en sí misma la verdadera operación contra el Gobierno… [Ésta] era la muerte del fiscal después de acusar a la Presidenta, a su Canciller y al Secretario General de La Cámpora de ser encubridores de los iraníes”.

En el trasfondo estaba una operación de inteligencia, en la cual Nisman sólo habría sido un colaborador necesario. Con otros malos de la película que se responden a turbios intereses. Y si Maduro denuncia permanentemente la “guerra económica” de la oligarquía contra el gobierno popular y revolucionario, en Argentina hay una “guerra de espías” de objetivo similar: las conquistas populares del kirchnerismo.Como denunció el Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, todo fue una conspiración para “tapar el éxito” de la temporada estival de vacaciones.

La SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado), reconvertida en SI (Secretaría de Inteligencia), siempre fue un infausto organismo en la Argentina Democrática. Néstor Kirchner y Cristina Fernández fueron, de todos los presidentes recientes, quienes más usaron y abusaron de la inteligencia estatal. Los datos y dossiers proporcionados por los espías servían para controlar a la oposición, domesticar a los leales y disciplinar a los insumisos. La justicia y la inspección tributaria, o inclusive el puro chantaje, eran mecanismos usuales para alcanzar estos objetivos.

Durante los 11 años de gobierno kirchnerista, la SI fue mimada con nutridos presupuestos y gran opacidad sobre sus tareas y agentes. Pese a la mayoría parlamentaria oficialista, la Comisión de Inteligencia del Congreso no funciona. En los últimos años, viendo la escasa fiabilidad de los espías, que habían cometido gruesos errores o habían inducido a cometerlos a la presidente, Fernándezimpulsó la Inteligencia Militar, pese a que constitucionalmente ésta tiene prohibido desarrollar su actividad en el frente interno.

Para ello se sirvió del general César Milani, responsable de la inteligencia militar y al que en mayo de 2013 promovió a Jefe del Estado Mayor. Es el primer caso desde el restablecimiento de la democracia en que un militar acusado de violaciones a los derechos humanos es ascendido a instancias presidenciales. Al reforzar la inteligencia militar el gobierno pensaba encontrar un aliado de peso frente a una SI cada vez menos confiable.

La reciente decapitación de la cúpula de la SI, en especial de su verdadero hombre fuerte, Antonio “Jaime” Stiusso, removió sus estructuras y disparó un proceso de purgas y vendettas aún no concluido. La segunda carta presidencial convirtió a Stiusso en el hombre clave de la operación antigubernamental y quien movía los hilos de la acusación de Nisman.

Llegados a este punto cabe formularse algunas preguntas acerca del papel de los “servicios” en el proceso que condujo a la muerte de Nisman. ¿Qué hicieron y qué sabían las actuales autoridades de la SI? ¿Qué hicieron los agentes desplazados, con Stiusso a la cabeza? ¿Jugó, o está jugando, algún papel la inteligencia militar subordinada al general Milani?

Es normal que en estas circunstancias cualquier gobierno tenga dudas, pero la gestión de las crisis parece no ser el punto fuerte del kirchnerismo. Entre las cosas que se hubieran agradecido, tras la acusación de Nisman, habría estado un anuncio de respeto por los pronunciamientos judiciales. Y en este línea, a fin de esclarecer plenamente los hechos denunciados, por qué no ofrecer los numerosos mecanismos a disposición del Ejecutivo. Pero el escándalo por el fracasado acuerdo con Irán es tan mayúsculo que nada de esto fue posible.

Tras la muerte de Nisman lo primero hubiera sido consolar a su familia y amigos, pero esto tampoco salió de la boca, la pluma o el twitter de la presidente. Ni siquiera un mínimo compromiso de apoyar la investigación, cayera quien cayera. Su única preocupación fue preservar su imagen y para eso retorció a fondo el discurso tratando de crear un relato convincente.

Algunos analistas creen que el gobierno puede resultar una vez más victorioso de la actual situación. Otros piensan que la paciencia popular ha alcanzado su límite. El trasfondo son las elecciones presidenciales de octubre próximo y el deseo de Fernández de mantener las mayores cotas de poder e inmunidad posibles. Es mucho lo que está en juego y el gobierno es plenamente consciente de ello. Por eso actúa a la desesperada.

Por CARLOS MALAMUD

Infolatam, Madrid, 25 enero 2015.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.