Democracias degradadas

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El profesor Héctor E. Schamis, de la Georgetown University de Estados Unidos, ha sido el expositor invitado por la Fundación Adenauer y la Cadal para ofrecer en Buenos Aires su visión particular sobre el estado de las democracias en América Latina. El académico, de origen argentino, ha acuñado un neologismo para describir la peculiar situación que atraviesan algunas democracias en la región. Utiliza la palabra “des-democratización” para significar el proceso de degradación que sufren algunas democracias envueltas en un creciente autoritarismo, como es el caso notorio de Venezuela y otros países del arco bolivariano.

Los rasgos característicos de estas democracias degradadas están dados por la proliferación de artimañas institucionales para conservar el poder, la discrecionalidad del Poder Ejecutivo que altera el sistema tradicional de división de poderes, y los ataques constantes a la libertad de prensa. Frente a esta alarmante situación, se asiste también a la disolución del sistema interamericano de defensa de los derechos humanos. La OEA ha sido neutralizada por una politización ideológica de los derechos humanos. Una doble vara de medir hace que algunos gobiernos, como el argentino, ignoren su violación cuando se trata de examinar su aplicación en los países considerados “amigos” como Cuba o Venezuela.

En todos los países de América Latina –con la única excepción de Cuba– tenemos sistemas democráticos, es decir gobiernos que acceden al poder mediante elecciones aparentemente limpias. Sin embargo, en los casos de los gobiernos que han manifestado su simpatía por la “revolución bolivariana” –Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Argentina– se constata la utilización de artimañas institucionales de todo tipo para mantenerse en el poder. Envueltos en las brumas de una misión trascedente, intentan eliminar la posibilidad de alternancia y se aferran al poder alterando la regla de oro de la democracia, que es la existencia de un gobierno limitado en el tiempo.

El segundo rasgo de estas democracias averiadas es la enorme discrecionalidad del Ejecutivo, que con diversas argucias busca eliminar el rol del Parlamento. Los ejemplos son elocuentes. En Argentina, con la cesión de “superpoderes” basados en una supuesta emergencia económica, mientras al mismo tiempo se proclama el mayor período de prosperidad en los 200 años de historia nacional. En Venezuela, las “leyes habilitantes” le han dado al presidente Maduro capacidad para “dictar normas que sancionen las acciones que atentan contra la seguridad y defensa de la nación, las instituciones del Estado, los poderes públicos y la prestación de los servicios públicos indispensables para el desarrollo y la calidad de vida del pueblo”. Es decir: todo lo que al presidente se le ocurra.

Las acciones dirigidas a acallar a la prensa independiente se combinan con distintas estrategias que, bajo el pretexto de “democratizar la palabra”, lo que buscan es dotar a los Ejecutivos de portentosos aparatos de propaganda oficial. El reparto arbitrario de la publicidad oficial y la subvención indirecta con fondos públicos a los medios paragubernamentales provocan un desbalance informativo que en Venezuela ya ha alcanzado una relación de 25 medios oficiales por cada uno de los medios independientes.

Todos estos avances del autoritarismo de los Ejecutivos se apoya en una idea falsa inscripta en el ADN de la izquierda latinoamericana: que para ampliar los derechos sociales es inevitable restringir los derechos civiles. Al final del camino, los avances sobre los derechos de propiedad terminan afectando los derechos políticos. Las formas de distribución características del populismo, que rehúsan la institucionalidad, convierten a los ciudadanos en clientes. La reforma del sistema fiscal, que permitiría una redistribución inteligente y programada de la renta, es postergada por estos gobiernos supuestamente progresistas que llevan a cabo políticas de sello reaccionario.

Las sociedades verdaderamente progresistas –como es el caso de las escandinavas– son aquellas que han conseguido compatibilizar el respeto por la legalidad y las formas democráticas con la redistribución programada institucionalmente. Frente al fracaso conocido de las sociedades que quedaron desarticuladas por el totalitarismo comunista, son las sociedades que adhirieron a la socialdemocracia las que supieron combinar el respeto por los derechos civiles y políticos con la búsqueda de la mayor igualdad. Lo que lleva a Schamis a proclamar que hoy, en América Latina, “ser liberal es ser auténticamente progresista”.

Frente a los avances del autoritarismo en nuestra región, se impone proclamar la defensa irrestricta de los derechos de las minorías culturales y políticas. La democracia consiste básicamente en la protección de cualquier minoría étnica, cultural o política. Es decir, en este último caso, en proteger también la posibilidad de que esa minoría pueda llegar a ser en el futuro una mayoría electoral. Por ese motivo, la retórica “emancipadora” proveniente de las mayorías populares, que se autoasignan una misión liberadora de los pueblos, es profundamente cínica. Nada que permita sorprendernos. El objetivo inalcanzable de perpetuarse eternamente en el poder, en todo tiempo y lugar, ha sido siempre revestido con los mejores ideales.

Aleardo Laria, Club Político Argentino CPA

Publicado en Río Negro, 18-3-14

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