Cuando la gente misma acepta no informarse

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¿Cuál es la tarea básica de los periodistas? Informar. Dar noticias sobre los hechos tal como ocurren. Y darlas aunque molesten a los gobiernos y a los partidos en la oposición.

A la precandidata frentista Constanza Moreira, esto le irrita. Para ella los medios crean realidades inexistentes, solo para dañar al gobierno. Por eso advierte a sus seguidores que tengan cuidado. Si no fuera por los medios, dice, ni la seguridad ni la educación serían problemas. Aconseja a sus frenteamplistas no tolerar, y ni siquiera escuchar, críticas a la gestión de gobierno.

Hace rato que se insinúa una campaña contra la información que dan los periodistas. Pero dicha ofensiva no había tomado, hasta ahora, la dimensión que alcanzó en Venezuela, Ecuador o Argentina.

Los gobiernos de esos tres países justifican su propios fracasos y errores como resultado de «operativos mediáticos» que conspiran para derrocarlos. No aceptan que los medios están informando sobre decisiones y medidas que ellos mismos adoptaron. No aceptan, menos aún, que la gente esté informada de sus errores, que sepa cómo reprimen o la dimensión de su corrupción. Les molesta, por lo tanto, que alguien de afuera lo diga.

Esa alarmante actitud desembarcó la semana pasada en Maldonado, cuando Constanza Moreira largó sucesivos ataques a los medios por el solo hecho de cumplir su tarea. Los controles estatales respecto a lo que informan, dijo, deberían ser más estrictos.

Para Moreira, la verdadera oposición son los medios, no los demás partidos. Ellos instalaron en la opinión pública la visión de que la educación es «un desastre» y que la seguridad «está cada vez peor»; de esa forma lograron esconder los logros del Frente Amplio en el gobierno.

Afirmar esto es decir que la gente es estúpida. No es que comprueban cuán mal está la educación porque sus hijos van a escuelas y liceos, sino porque los medios les lavan el cerebro. No es que de verdad han sido robados en plena calle o en sus casas, sino que los medios les hicieron creer que eso les sucedió.

Para la senadora y precandidata, los medios «van ganando la batalla» en el tema de la seguridad pública (en realidad, quienes están ganando la batalla son los delincuentes) y propone controles estrictos para la crónica roja. En realidad no desea que se informe.

Cree que una sociedad que no se entera de los delitos y crímenes que suceden todos los días, viviría como si no ocurrieran.

No solo elude responsabilidad en lo que han sido errores y omisiones del partido que está en el gobierno, sino lisa y llanamente les endilga a terceros (los medios) la capacidad de provocar cosas que ella presume que no suceden ni están a la vista de nadie.

Hay algo que los candidatos frentistas deberían tener en cuenta en su campaña electoral. Su partido lleva casi 10 al frente del gobierno; dos períodos consecutivos. Es mucho tiempo. Son demasiados años para seguir buscando culpas en las «herencias malditas». Además, fueron años de una asombrosa bonanza económica. Por lo tanto, a esta altura las herencias son propias.

La pésima ley de educación aprobada durante el período de Tabaré Vázquez y los desastres ocurridos uno tras otro a lo largo de estos años recientes son responsabilidad de este gobierno y no de los periodistas, que tan solo cuentan lo que ven.

Es el gobierno, y no los medios, el incapaz de resolver los agudos problemas de seguridad que golpean a la gente común. A algunos no les gustará cómo algunos informativos tratan las noticias policiales, pero más allá de las formas, los hechos ocurren. Es más: los medios que dan mayor importancia a ese tipo de noticias apenas cubren una mínima parte de los robos, crímenes y otros delitos que suceden día a día.

Cientos y cientos de personas cuyas carteras fueron arrebatadas en plena calle (y algunas sufrieron graves lesiones), cuyos comercios fueron asaltados, cuyas casas fueron copadas y robadas, cuyos maletines fueron arrancados de sus autos al detenerse en un semáforo, nunca salieron en los noticieros. Sin embargo, esa misma gente, al ver lo que sí se cubre, se identifica con lo informado porque trata de experiencias similares a las suyas. A esas víctimas anónimas, ¿se les puede decir que los medios están «instalando» temores que les son ajenos? ¿Se puede sentir tanta desconsideración al común de los ciudadanos?

Al final, terminarán siendo los medios quienes convocaron a rematar los aviones de Pluna, no el gobierno. Serán los medios los que trajeron al «caballero de la derecha» que se llevó los aviones en esa ocasión. Serán periodistas los que pagaron el aval y los que posaron en la célebre foto con el empresario Juan Carlos López Mena.
No se puede ser tan irrespetuoso con el sentido común de los uruguayos.

Los periodistas narran los hechos tal cual sucedieron. Al hacerlo, dejan en evidencia irregularidades que los gobernantes prefieren esconder. Informan de cosas que estaban sobre la mesa esperando que alguien las encontrara y las contara.

Si lo de Pluna no hubiera ocurrido, si no hubiera problemas de seguridad, si la educación funcionara con rutinaria eficacia, nada tendrían que decir los periodistas. Ellos aparecen porque algo ya estaba sucediendo.

Lo que la senadora Moreira en realidad quiere es que nada de esto se conozca. Lo grave es que para lograr ese ocultamiento, busca la complicidad de sus seguidores.

No es la única que lo hace y hay escuela sobre cómo lograrlo en los países vecinos. Asombra cómo tanta gente prefiere no estar enterada y no recibir información, para que ella no opaque su adhesión partidaria. Esa deliberada negación permite decidir el voto sin hacerse preguntas incómodas.

Muchos políticos prefieren evitar a los periodistas para esconder sus tropiezos. Pero es llamativo que en una sociedad que dice creer en la libertad de prensa y en el derecho de sus habitantes a recibir información y a saber lo que ocurre, haya gente común que abogue abiertamente por la censura aun a riesgo de ser ella misma la perjudicada.

A muchos gobiernos de la región les ha sido fácil crear este relato sobre los «operativos mediáticos conspirativos y golpistas» porque no tienen una oposición sólida y firme que los vigila y controla sus desbordes. A falta de oposición encuentran en la prensa al enemigo perfecto. Constanza Moreira, sin siquiera haber llegado a la Presidencia, parece ir por el mismo camino.

Todo esto asusta porque con la complicidad de sus seguidores contamina el ambiente en favor de la censura, la autocensura, el ocultamiento y el secretismo. Ese tipo de actitud terminará, como siempre, montando el fácil preludio a una dictadura.

Por Tomás Linn

SEMANARIO BÚSQUEDA.

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