¿Cuál transición?

Publicado en: Análisis, Argentina, Populismos | 0

Ya sabemos que el próximo 10 de diciembre habrá un nuevo gobierno, pero todavía estamos lejos de saber si habrá un nuevo poder.

La incertidumbre se acentúa porque la transición que estamos viviendo involucra al menos dos tipos de mutaciones diferentes: una hace eje en la orientación estratégica y en el estilo de ejercicio del poder presidencial, e involucra por tanto la redefinición de relaciones con el Poder Legislativo y con el Poder Judicial; la otra se refiere a la cuestión del liderazgo en el campo peronista, ya sea que se mantenga al frente del gobierno o que pase a las filas de la oposición. Son dos cuestiones distintas aunque inextricablemente unidas que marcarán las coordenadas de gobernabilidad democrática en las que se moverá la próxima gestión.

No necesito exagerar el punto porque la historia la tenemos muy presente: entre el ocaso del menemismo y el despunte del kirchnerismo -más allá de discutir la valoración sobre el “contenido” de cada ciclo y dejando entre paréntesis el breve interregno de Duhalde- no hubo en el país un vector de poder presidencial con cierta capacidad de acción estratégica. Abrumados hoy por los excesos autoritarios del kirchneriato, tendemos a olvidar aquellos cuatro largos años que no tienen por qué repetirse, pero tampoco estamos a salvo de revivir alguna secuela de nuestra consabida saga de la inestabilidad.

En un escenario donde triunfa un candidato peronista, el mismo espacio institucional del Estado será también el terreno donde se dirimirá la jefatura del variopinto movimiento. Con una novedad digna de atención: si triunfara Scioli, el hipotético candidato ganador del Frente para la Victoria se enfrentará al problema de definir cuál será el verdadero eje de poder de su gobierno. ¿Podrán el kirchnerismo (¿residual?) y el sciolismo (¿emergente?) funcionar bajo el ala de la misma administración con dos comandos? ¿Triunfará claramente uno sobre el otro? ¿Qué costos le acarreará a la sociedad la indefinición de esta batalla, que asoma tan sinuosa como feroz?

Por estos días no son pocas las apuestas que se corren para elucidar estas preguntas, cuyo arco de posibilidades se dibujan entre dos escenarios extremos: o bien “Scioli es el Cámpora de CFK” (un títere manejado a gusto por el General), o bien es el “Kirchner de Duhalde” (alguien que llega con un proyecto de poder propio y que requiere inexorablemente la destrucción política de su antecesor). Sin duda podrán pensarse estaciones intermedias entre ambos polos, donde un raro animal nuevo -el “Kirchpora”, mezcla de Kirchner y Cámpora- asoma como resultante de mezquinos tiras y aflojas entre los dos proyectos. Pero habría que anotar un detalle: a Kirchner le llevó más de dos años doblegar a Duhalde habiendo recibido una economía moderadamente estable y en crecimiento, entre otras cosas, gracias a las fuertes inversiones de los maldecidos años 90, al trabajo “sucio” del ajuste que hizo el duhaldismo y a un contexto internacional muy favorable. Una herencia bastante distinta a la que recibirá el sucesor del oficialismo actual, quien deberá moverse en un terrible campo minado.

En el caso de un triunfo de la coalición CC/Pro/UCR la cuestión de la transición se dividirá claramente en dos. Por una parte, el tránsito estará marcado por la afirmación de un nuevo poder presidencial sin mayoría legislativa propia, que además deberá lidiar con estructuras estatales fuertemente colonizadas por los agentes de la gestión anterior. Mientras este entuerto se resuelve, en la vereda de enfrente se estará disputando un nuevo liderazgo del peronismo derrotado, que incluirá la depuración de ciertas jefaturas territoriales junto con una nueva configuración del poder sindical.

Claro que la política no se juega en un tiempo de bloques monolíticos ni de compartimentos estancos. Mucho de lo que se haga aquí y ahora irá perfilando el horizonte por venir. En particular, el modo como se constituya la identificación política de la coalición liderada por Mauricio Macri puede ser una ayuda o un obstáculo para el ejercicio posterior del poder, ya sea que la coalición tome como adversario al “peronismo” o al “kirchnerismo”.

Si se da el primer caso, los días de la coalición republicana en el gobierno pueden estar signados por la continua adversidad. Si se da el segundo, la cuenta regresiva del calendario electoral empuja a establecer razonables puentes de diálogo para resolver el “trilema de Massa”: seguir como hasta ahora, compitiendo desde un espacio propio que vertebre al peronismo “disidente” de (casi) toda laya; pugnar por una amplia coalición opositora que confluya en una PASO presidencial unificada; o bien postergar la pelea presidencial para mejores tiempos, bajando a competir por la gobernación de Buenos Aires. El tiempo urge, porque la sangría del espacio político del tigrense puede terminar alimentando los hospitalarios cauces del sciolismo.

De este modo, si la primera preferencia del massismo es claramente contradictoria con los objetivos de Macri, las otras posibilidades abren un espacio de negociación donde todavía pueden compatibilizarse los diferentes escenarios de las dos complejas y enredadas transiciones por venir, la del nuevo poder presidencial y la del nuevo poder peronista.

Queda menos de un mes para el 10 de junio, fecha límite para presentar alianzas camino a las PASO. Será uno de los períodos más interesantes -en el sentido chino de la palabra- de este interesantísimo año electoral.

Antonio Camou, Socio del CPA
Río Negro, 19-5-15

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