Crónica desde Rabat

Fátima Makhoukh, periodista marroquí

Días de confinamiento y medidas restrictivas en el mundo para evitar la propagación del Coronavirus. Nadie sabe a ciencia cierta cuando volverá la normalidad, aquella vida cotidiana que conocíamos antes de la pandemia. El impacto no solo es económico, es social, es psicológico. Las consecuencias seguirán pesando incluso cuando todo esto pase. Marruecos, como otros países, vive una experiencia sin precedentes.

El Covid-19 no es menos grave que las crisis financieras o las guerras mundiales. Esta pandemia se ha permitido cuestionar el estilo de vida de los ciudadanos en todo el mundo. Hemos visto de cerca la muerte y el sufrimiento de miles de personas en pocas semanas. Se nos ha impuesto la renuncia y lo urgente frente a lo importante o a lo deseable. Después de esto no seremos los mismos. A fuerza de las circunstancias hemos extraído lecciones valiosas.

En Marruecos completamos dos semanas de confinamiento. La ciudadanía asumió el cumplimiento estricto de las medidas decretadas por las autoridades. Para lograr un buen control, las autoridades cerraron las puertas de acceso, algunas permanecen abiertas para que los miembros de la policía, los militares y los agentes viales debidamente uniformados compaginen pedagogía y sanciones a quienes incumplen las normas y salen de sus casas sin autorización, sin certificado oficial y sin la mascarilla obligatoria. El pasado 20 de marzo se decretó el estado de emergencia sanitaria en el país. La medida limitó el desplazamiento y la circulación de los ciudadanos. El país aguarda la prórroga del estado de emergencia que obligará a permanecer en confinamiento un tiempo más. Tal y como ha ocurrido en otros países que ya extendieron esta medida al menos hasta finales de abril. Las autoridades marroquíes han actuado con eficiencia a la hora de gestionar la crisis generada por la pandemia. Sin embargo, los barrios populares, caracterizados por sus grandes aglomeraciones, hoy generan gran preocupación: los habitantes en situación de confinamiento están expuestos al hacinamiento, circunstancia contraproducente para evitar la propagación del virus. Al jueves 9 de abril se han detectado 1374 casos de contagios en Marruecos, 97 personas han muerto y 109 están recuperadas.

Algunos escenarios parecen haber perdido su identidad. Nunca antes los vimos así: totalmente vacíos e inanimados. En la antigua medina de Rabat tan solo hay unas pocas tiendas abiertas, aquellas que venden productos de primera necesidad. Los comerciantes y vendedores ambulantes ya no están. ¿Habitamos una ciudad fantasma? Algunas avenidas hoy nos recuerdan las horas antes del iftar (desayuno) en tiempos de Ramadán. Todo está vacío. Atrás han quedado los días ruidosos y los tumultos, los mercaderes y los transeúntes. Nos llega, lejos, el canto de los pájaros. Las mezquitas están cerradas, nos recuerdan su existencia con el canto del almuédano, ese llamado que se hace desde la torre a los creyentes cuando llega la hora de rezar. La gente ora en sus casas, los gatos circulan, recorren las calles, libres. “He vivido en la medina 40 años, nunca he visto ese paisaje tan horroroso, que nos entristece y nos causa frustración… Es algo inesperado”, dice una mujer divorciada que vive en la medina con sus dos hijos. Ella sale diariamente, carga con una silla, intenta vender el baghrir, un crêpe típico magrebí.

Fátima Makhoukh es periodista marroquí. Un artículo para CPLATAM -Análisis Político en América Latina- ©

Abril, 2020

Rabat, 9 de abril, 2020

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