Con arrepentirse no alcanza

Hay algo a lo que un izquierdista, jurásico o no, teme por sobre todas las cosas: ser acusado de hacerle el juego a la derecha. Algunos, para evitarlo, son capaces de lo que sea, incluso de hacerle el juego a la derecha. Es el caso de Virgilio Hernández, Doris Soliz, Fander Falconí…, todos aquellos que comparten proyecto de poder con Jorge Glas, Alexis Mera, Juan Carlos Cassinelli… Los que –por abstruso que esto suene– se dan la mano con Mónica Hernández con tal de no perder el privilegio de pertenecer a un gobierno de izquierda que los legitime. El prefecto del Azuay, Paúl Carrasco, que no tiene esa dicha, no puede ni reunirse con Jaime Nebot: se lo reclaman sus bases y se lo reprocha su propia conciencia. Quizás este rasgo sicológico debiera ser considerado más a fondo en el debate sobre las culpas de la izquierda, propuesto por José Hernández en un artículo de su blog y recogido hasta el momento por unos pocos, muy pocos militantes de esa tendencia, gente que llevó al poder a Rafael Correa y luego se arrepintió.

Romper con el correísmo exigió, para las izquierdas, una operación mental predecible y no muy difícil de justificar: situar a Correa en la derecha. Esta coartada no sólo que se puede argumentar extensamente (las políticas extractivistas del gobierno, sus posturas conservadoras y su persecución a los movimientos sociales, entre otras cosas, parecen darles la razón) sino que tiene el mérito adicional de dejar intactas sus responsabilidades en la construcción del Estado autoritario que hoy nos gobierna y, al mismo tiempo, eludir el debate de fondo sobre la democracia. Lo mismo que en tiempos de Lucio Gutiérrez, la figura de la traición lo resuelve todo. No es extraño que muchos de esos grupos de izquierda que el jueves de esta semana se manifestarán contra el correísmo continúen, por no hacerle el juego a la derecha, solidarizándose con el gobierno de Venezuela, un gobierno ahora con superpoderes que mantiene encarcelados a sus opositores y autorizó a los soldados a disparar contra los manifestantes, con el reguero de muertos consiguiente. Resulta penosamente claro que esos grupos no aprendieron nada sobre el autoritarismo. Es más: parece gustarles. No sería nada raro que estuvieran dispuestos a repetir la experiencia.

Desde una perspectiva de izquierda se puede argumentar que resultaba imposible, en 2006, no apoyar a un candidato que hablaba de colocar al trabajo por encima del capital, recuperar el papel del Estado, liberarse de la tutela del Fondo Monetario Internacional… ¿Alcanza para justificar la ceguera ante otros aspectos del proyecto correísta que estaban igualmente claros desde el primer momento? Exactamente desde el 15 de enero de 2007, cuando el nuevo presidente tomó posesión de su cargo sin jurar la Constitución y luego, en el acto de masas que organizó en la Mitad del Mundo y donde firmó sus primeros decretos con Hugo Chávez sentado a su derecha, impuso el orden con palabras fuertes a sus seguidores: llamó “infiltrados” a quienes entre el público habían manifestado un desacuerdo y consiguió que una parte de la multitud se volviera contra la otra y la sometiera. ¿No era fácil reconocer en este gesto un inquietante parecido con aquella famosa escena de la película de Alan Parker con música de Pink Floyd, en la que el orador fascista interpretado por Bob Geldof depura a las masas que lo siguen al grito de “¡Contra la pared!”? Hay cosas que se reconocen a primera vista.

La izquierda no le hizo feos a la interminable lista de síntomas que hablaban de un fascismo latente en el corazón del correísmo en ciernes: el nacionalismo con componentes revanchistas; la construcción imaginaria de un nosotros, esa ilusión ontológica encarnada por el Estado, con el que forma una entidad socioespiritual indivisible fuera de la cual sólo pueden existir los enemigos; la pretensión de infalibilidad basada en una supuesta interpretación correcta de las fuerzas de la historia, que libera todo debate del control del tiempo presente, pues sólo el futuro podrá confirmar los méritos del modelo; la consecuente conversión de los principios ideológicos en elementos de autodefinición indiscutibles, no sujetos a las fluctuaciones de la opinión (por ejemplo: la guerra contra los medios es connatural al correísmo; no se puede ser correísta y estar en contra de ella); la conformación de un aparato de propagandadestinado menos a informar y persuadir que a organizar y pastorear; el estado de movilización permanente en torno a la noción de una identidad antagónica, que exige la creación constante de enemigos; la aparición de un núcleo de militancia fanatizada, civiles que se uniforman voluntariamente (boinas negras, camisas rojas, ponchos tricolores…) y expresan así su voluntad de deponer su propia individualidad en beneficio de una inquietante idea de unidad de la acción; el regreso a una concepción épica de la historia más propia de Carlyle que del marxismo, la revitalización de un altar patriótico lleno de mártires y héroes (Bolívar, Alfaro, las Manuelas…) en contra precisamente de los esfuerzos académicos desarrollados por la izquierda en las tres décadas anteriores… La enumeración puede continuar al infinito.

En Montecristi, que fue un hervidero de discusiones académicas y un caldo de cultivo de teorías políticas y sociales, todas estas cosas estaban ya perfectamente claras. Pero no parecieron incomodar a nadie. Al contrario: las izquierdas ahí representadas confirmaron el modelo y lo dotaron de un aparato institucional a la medida, legitimaron el hiperpresidencialismo y, a nombre de una supuesta revolución ciudadana, colocaron la participación ciudadana en manos del Estado y ahogaron el principio de ciudadanía. Certificaron la confiscación política del pueblo en manos del caudillo. Todos recordamos como terminó esa Asamblea Constituyente: con un golpe de timón operado desde la presidencia, con la aprobación de artículos al mayoreo y la anulación de las voluntades políticas individuales. Con los asambleístas, lo mismo que aquellos fanáticos en uniforme, deponiendo sus individualidades en nombre del proceso. Para no hacerle el juego a la derecha.

Hoy rasgan sus vestiduras, sintiéndose traicionados, y se justifican diciendo que nadie podía imaginar lo que se vendría. ¿Acaso podía esperarse algo distinto? Aún hoy, después de todo lo ocurrido, muchos de ellos continúan situando el antagonismo entre izquierda y derecha en el centro del debate político, cuando lo que está en juego en el país es la disputa entre el autoritarismo populista y la democracia, que sólo puede existir ahí donde se garantiza el derecho a la disidencia. ¿No solían los partidos de izquierda descreer de lo que llamaban “democracia burguesa”? ¿No participaban en elecciones por estrategia más que por convicción? ¿Ha cambiado esa postura? En el debate sobre las culpas de la izquierda no basta con hacer un inventario de errores y aciertos: está claro que todo el mundo se puede atribuir unos y otros. Se trata de abrazar con convicción la democracia. Abrazarla aunque implique sacrificar el sueño de unidad de la tendencia. Abrazarla aunque suponga, de algún modo, hacerle el juego a la derecha.

Roberto Aguilar, Ecuador.

Estado de propaganda, marzo 16, 2015

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