¿Cómo salir de una década autoritaria, estatista y pacata?

Publicado en: Análisis, Ecuador, Populismos | 0

Cuando Ecuador se despierte una mañana después de un sueño intranquilo, se encontrará convertido en un país inmanejable. Con ciertas obras y algunos procesos rescatables. Pero endeudado. Petróleo hipotecado. Decenas de miles de burócratas improdutivos. Un presupuesto insostenible. Subsidios impagables. Parte de la moneda inorgánica. Un país dividido. Iracundo. Fustrado.

– ¿Qué me ha ocurrido? Se dirá.

Entonces, como en La metamorfosis de Kafka, se percatará de que no era un sueño sino el efecto de un panzazo: descubrir que en el discurso correísta había un país simulado, ficticio. Y que ganar en las urnas no alivia las cargas. Las hace evidentes como ya se percibe en los estudios de Eduardo Valencia.

Basta con proyectar esas cifras. Con tomar conciencia de sus efectos en cadena, de los déficits que no se dicen, de las deudas que no figuran como tales. Basta con desaparecer las estadísticas acomodadas y las lupas deformantes que usa el gobierno, para entender que la reconstrucción ética, institucional y económica del país no será un programa de ensoñación. Implica grandeza de visión y una dosis de desprendimiento poco acorde con la cicatería tradicional de la política nacional.

¿Quiénes querrán hacerse cargo del poder en esas circunstancias? ¿Quiénes osarán lucidamente asumir que el próximo gobierno no podrá ser programático-partidista sino programático-nacional? ¿Quiénes entenderán que un gobierno post-correísta, para ser viable, solo podrá ser un gobierno de transición y que deberá sustentarse en acuerdos nacionales mínimos?

Nada de esto se oye en los rangos de la oposición. Partidos y movimientos están por ahora instalados únicamente en el anticorreísmo o entregados a la tarea de “quítate tú para que me ponga yo”. No hay post-correísmo en el ambiente. Tras ocho años de hemiplejia política, de división y enfrentamiento, muchos siguen pensando que es la hora de izquierdas, derechas o híbridos descafeinados.

Lo insólito, en esta visión, es que pocos miembros de la vieja izquierda, amiga irredenta del castrismo, se han reconciliado durante el correísmo con la democracia. Sucede algo similar con las figuras de la vieja derecha: no se han puesto al día con la sociedad de minorías y consumo intimista que, según Gilles Lipovetsky, es más emotivo que estatutario. Esa sociedad, de minorías más activas políticamente, ha mutado bajo el correísmo; en buena medida contra su lógica autoritaria y conservadora. Ser anticorreísta no basta, entonces, para volver a la República y convertir al Ecuador en una democracia contemporánea.

Algunos siguen creyendo que el post-correísmo hay que pensarlo cuando la alternancia política se dé. No absuelven dos interrogantes cruciales: ¿cómo piensan ganar al correísmo que, a pesar de un bajón evidente, mantiene, hasta ahora, posibilidades de repetir en 2017? ¿Quién tiene tantos ases en la mano como para pretender ganar a Correa, hacer un gobierno de partido y gobernar con la estructura que dejará el oficialismo?

Los hechos dicen que la protesta callejera, por su lado, y la oposición política tienen poco tiempo para preparar el post-correísmo. Pero en ninguna parte se nota prisa. ¿Qué pasará con los altos funcionarios elegidos por ese bodrio llamado quinto poder? ¿Cómo se desmontará la Constitución de Montecristi que dio paso al poder concentrador y autoritario de Correa? Enrique Ayala Mora propuso un mecanismo en un texto publicado recientemente: ¿Por qué la Asamblea Constituyente? Y para derrotar al autoritarismo, propone un acuerdo nacional. En ese ensayo, Ayala Mora no profundiza sobre las características del acuerdo y su repercusión en el próximo gobierno. Se dé en 2017 0 en 2021.

El hecho cierto es que para que esa alternancia sea posible y sostenible, hay que reconocer, desde ahora, que el próximo gobierno tendrá márgenes muy estrechos. Márgenes económicos, políticos, institucionales y sociales. Parece dable, en ese contexto, que sea pensado como un gobierno de transición destinado a reinstitucionalizar el país, enderezar la mesa, pensar en jueces probos e imparciales y dar viabilidad a la economía. Esa cura de realismo es el panzazo que debe asumir el país tras una década de correísmo.

El panzazo requiere de un acuerdo social y político. Necesita una izquierda que al fin reconozca las bondades del sistema democrático y de una nueva derecha que admita los derechos de esas minorías que han luchado, bajo el correísmo, contra el desprecio, el abuso y la visión reaccionaria impuestos por el Presidente.

Derechos y deberes laicos e iguales para todos es una forma de pensar en el retorno a la República. Y reconocimiento de derechos nuevos para las mujeres y para las minorías es un forma de cerrar el paso al autoritarismo, reinventar la democracia e instalarse en la contemporaneidad. Un acuerdo mínimo debe incitar a aquellos que aspiran a liderar políticamente la era postcorreísta a ir al encuentro de la sociedad real, en vez de pretender que sea lo contrario. Sería impensable que se pueda salir del correísmo para volver al liberalismo económico y al conservadurismo político y moral. No habría lección alguna de esta década autoritaria, estatista y pacata.

Un acuerdo mínimo nacional, democrático e incluyente, es una condición sine qua nonpara salir del correísmo. Esa máxima es reversible: no hay cómo salir del correísmo sin un acuerdo mínimo nacional, democrático e incluyente.

 

logofundamedios

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, julio 19, 2015

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