Colombia y el regenerador del siglo XX. Treguas, tensiones y transacciones bipartidistas / En diálogo con Jorge Orlando Melo (III)

Por Clara Riveros*

Hablando de las primeras décadas del siglo XX es preciso subrayar que Colombia conoció años sin guerra, de relativa paz, entre 1903 y 1947. La violencia política resurgió hacia finales de la década de 1940. En cuanto al juego político, los liberales tardaron en volver al poder, pero lo hicieron en la década de 1930. A este periodo se le conoce como la República Liberal (1930-1946). Después de esa fecha, con la división interna del liberalismo, el conservatismo retornó al poder con Mariano Ospina Pérez (1946-1950). Comenzó pronto el periodo llamado de La Violencia, etapa de violencia política y partidista entre liberales y conservadores que tuvo lugar durante aproximadamente una década entre 1947 y 1957, aunque el momento más representativo tuvo lugar en 1948 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. En 1950 se erigió el liderazgo autoritario e integrista de Laureano Gómez quien gobernó entre 1950 y 1951. Esta fue una contienda electoral asimétrica, sin participación de los liberales, Laureano Gómez fue el único candidato y obtuvo resultados muy significativos en términos cuantitativos para la época. De estos eventos y personajes claves de la historia política de Colombia hablamos esta semana con el historiador y escritor colombiano Jorge Orlando Melo.

CLARA RIVEROS: ¿Podría decirse que Laureano Gómez quiso recuperar, a mediados del siglo XX, el orden instaurado a finales del siglo XIX?

JORGE ORLANDO MELO: La estructura social colombiana era muy dispersa, muy disgregada, en el siglo XIX —los sectores populares, las rebeliones de esclavos que se volaban, los indígenas que tenían conflictos con sus tierras, lo hacían localmente—. No hubo realmente una propuesta social popular amplia, diferente a la propuesta tradicional, basada en el orden social heredado de la colonia. Los liberales eran liberales que defendían unos derechos, como la propiedad en algunos casos, pero no pensaban en debilitar las estructuras que sostenían ese modelo social y cultural de la colonia, excepto en los casos en que violaban principios básicos como la libertad: por eso, su mayor esfuerzo fue la liberación de los esclavos o la reducción del poder de la Iglesia. En términos del juego electoral en el siglo XX, debido a su defensa de los derechos de los sindicatos o de la separación de la Iglesia y el Estado, los liberales son vistos como una amenaza, por los dirigentes más conservadores y religiosos. Algunos grupos populares, muchos campesinos e indígenas, por solidaridad con la Iglesia —como hoy ocurre con el mundo musulmán— se volvieron muy religiosos y defensores de una cultura religiosa y, eventualmente, del cura y del Partido Conservador. El triunfo de Laureano en 1950, además de las restricciones y persecuciones al liberalismo, es explicable sobre todo porque el campesinado tendió a apoyar al conservatismo, que defendía la Iglesia, la familia y el orden.

De todas formas, La Violencia de 1948 fue el último gran enfrentamiento de los dos modelos del siglo XIX, el liberal y el conservador, con Laureano Gómez (1889-1965) como representante de la idea de imponer ideologías, formas de pensamiento y valores para evitar que las ideas exóticas de los liberales pudieran perturbar al país, primero las del liberalismo y la masonería y, después, las del comunismo.

C.R.: Leyendo algunas intervenciones de Laureano Gómez y análisis sobre Laureano Gómez tuve la impresión de que él fue el gran regenerador del siglo XX. Laureano Gómez se encargó de reivindicar La Regeneración y, como si viviera a fines del XIX, supo reaccionar a los cambios que tenían lugar en Colombia y en el mundo. Tenía un fuerte deseo de retornar al pasado y al ideal de una comunidad orgánica…

J.O.M.: Sí. A él le tocó un periodo interesante y similar al siglo XIX. Porque los liberales retomaron estas ideas en 1936 de forma tímida. Muchos aceptaban convivir con la Iglesia y defendían un pluralismo tolerante que dejara mucho poder social a la Iglesia, pero había otros que creían que el gobierno debía tratar de influir sobre las ideas y las creencias de la gente, promoviendo una cultura diferente en la escuela, contando una historia diferente del país, impulsando la “cultura aldeana”. Creen que hay que educar a los niños y que el maestro debe reemplazar al cura como guía de la gente, y que educar al pueblo cambiará las elecciones. Los liberales desde los años 30 estaban tratando de reformar la cultura para que la gente, el campesino, se modernizara y se emancipara un poco de la Iglesia. Laureano vio eso como una amenaza, como la habían visto los conservadores del siglo XIX, con la idea de que iban a acabar con el poder de la Iglesia, de la religión y del conservatismo, sobre todo si ganaban en forma decisiva en las elecciones. El gran esfuerzo fue impedir un triunfo liberal renovado en 1950.

C.R.: Usted mencionó —incluso comparativamente con los países de confesionalidad islámica y más precisamente con el fundamentalismo religioso— el peligro que entraña convertir la fe en identidad religiosa y que se defiende incluso a costa de la vida de la propia vida y/o la de otros. Hay un autor libanés que escribió un ensayo muy pertinente a este respecto. Pero viendo la corriente fundamentalista de la década de 1930 en Colombia hubo un exponente notable, un sacerdote, monseñor Miguel Ángel Builes Gómez (1888-1971) que instigaba a los fieles al levantamiento religioso. Builes le pedía al campesino defender la religión, ser un soldado de Dios…

J.O.M.: Sí. Era una evocación de la defensa del cruzado.

C.R.: A partir de algunas lecturas, creo recordar que desde el púlpito y en sus pastorales, monseñor Builes señalaba que matar liberales no era pecado, sino más bien una obligación moral…

J.O.M.: Sí. Había una provocación muy fuerte, aunque la fórmula no fuera literal: la idea era que ante la amenaza a la religión había un derecho a rebelarse con las armas, y esa rebelión era una guerra justa. Y eso no lo decía solamente él: el padre Jordán, en Cúcuta, era famoso, por lo mismo, al igual que el obispo de Ibagué y varios obispos que en esos momentos reaccionaron frente a las propuestas liberales. Pero también volvemos al lío del liberalismo, a su contradicción interna, y es que era un liberalismo que tenía una visión autoritaria. El liberalismo colombiano no era un liberalismo genuino en el sentido del respeto del derecho del otro, sino que era un liberalismo que quería amarrarle las manos a la Iglesia y por eso, en el siglo XIX, expulsó obispos y persiguió curas. Eso generó, como se puede suponer, una gran reacción del otro lado. Cuando en 1936, por ejemplo, los liberales quitaron la invocación de Dios de la Constitución, se hizo el esfuerzo por un sistema de registro civil, de cementerios, de matrimonios para que todo ello no dependiera de la Iglesia. Algunos lo hacían como resultado de la idea liberal de que había separar la Iglesia y el Estado sin perseguirla, pero otros pensaban  que había que aprovechar para atarle las manos a la Iglesia.

C.R.: La apuesta por un modelo y un proyecto liberal que alternaba con el anticlericalismo y que muchas veces funcionaba como política de la venganza y del ajuste de cuentas…

J.O.M.: Ajuste de cuentas e imposición autoritaria a la Iglesia. Uno en Antioquia ve la situación muy curiosa en relación con las universidades, aquí en Bogotá también, pero en Antioquia la universidad era católica y conservadora, en 1930 se volvió un poco liberal, con algunos profesores liberales. Los profesores conservadores más duros se consideraron acosados, se fueron y formaron una nueva universidad en 1936, una universidad privada La Universidad Pontificia Bolivariana. Esa universidad se volvió muy religiosa: pontificia y bolivariana. Y, en el año 1947–1948, cuando los conservadores volvieron a dominar en la Universidad de Antioquia, quedaron dos universidades de orientación ideológica católica, la Universidad de Antioquia y la Universidad Pontificia Bolivariana. Entonces, muchos profesores liberales de la de Antioquia se salieron y formaron la Universidad de Medellín como universidad libre de la interferencia religiosa. Una universidad en la que convivieran profesores católicos y librepensadores liberales era imposible de armar, pues en ambos partidos había grupos muy militantes: que un profesor alegara que el derecho natural no era dictado por Dios se consideraba un “error” y viceversa, y el error no se debe tolerar.

Hubo liberales, sin embargo, que realmente defendieron un liberalismo genuino. Alberto Lleras Camargo (1906-1990) fue uno de nuestros pocos liberales genuinos, pero eso incluso le costó con los suyos. Pero al lado de él hubo otros que lo que querían era venganza con la Iglesia. También muchos liberales pensaban que había que impedir a la Iglesia enseñar sus errores, pues en el fondo compartían la visión orgánica de la sociedad, opuesta al individualismo. Eso de alguna manera lo aprendí con Jaime Jaramillo Uribe (1917-2015), en El pensamiento colombiano en el siglo XIX, donde contrapuso la visión orgánica católica tradicional y la visión liberal individualista; la sociedad organizada por individuos y la sociedad como un organismo. En el siglo XIX Bolívar fue uno de los que más insistió en la visión de la sociedad como una estructura total orgánica y en rechazo a las metas individuales porque son ilegítimas, por eso en él hay ese rechazo a los partidos. Incluso, en su testamento quedó consignado si “mi muerte contribuye a que cesen los partidos”… Es el sueño de que no haya diferencias, ni opiniones diversas, pues la verdad es solo una.

C.R.: Sin partidos no hay democracia.

J.O.M.: Al principio del siglo XIX los ideólogos más tradicionalistas consideran que toda sociedad debe buscar el bien común y ese bien común lo establecen los pensadores morales de la sociedad: Dios y las autoridades religiosas, o los dirigentes que sigan sus orientaciones. El bien común no es el resultado de individuos que buscan fines contrapuestos: esto crea partidos. Por eso la visión de democracia como enfrentamiento de individuos, organizados en partidos, se veía como una división de la sociedad, que destruía el orden. Y en eso Bolívar coincide totalmente con la visión eclesiástica: La república lograda con la independencia debe ser guiada por poderes morales, para que el pueblo no se deje llevar por los demagogos, que buscan satisfacer sus intereses egoístas. Por eso, entre otras cosas, hubo una polémica tan fuerte en Colombia contra el benthamismo, que decía que había que buscar la felicidad mayor para el mayor número, pero cada uno podía juzgar donde estaba su felicidad. Esto se veía como inmoral y por eso la república debía ser una república guiada…

C.R.: Estaba guiada porque el pueblo no es capaz…

J.O.M.: Se creía que no es capaz y que divide la unidad y que se necesita una sociedad unificada. Ese es el elemento común que tienen Bolívar, Núñez y de un modo tardío Laureano Gómez y, eventualmente, Rojas Pinilla: La idea de que hay que unir la sociedad y acabar los partidos para consolidar la unión. Entonces, aquello que es fundamental en el modelo liberal puro, la existencia de partidos políticos como esencia de la democracia, para ellos constituye el desastre porque divide la sociedad. Por supuesto, había diferencias para explicar porque el pueblo no era capaz de gobernarse, y los patriotas como Bolívar creían que era porque los españoles lo habían mantenido en la ignorancia. Pero muchos creían que en toda sociedad el pueblo es ignorante y los notables son los que tienen criterio.

C.R.: ¿No asimilan la coexistencia en la diferencia y plantean una posición unanimista y casi que totalitaria para la consecución de la unidad deseada?

J.O.M.: Creo que no son muy conscientes de las implicaciones de su rechazo a las diferencias. Es un totalitarismo involuntario: todos se sienten hoy muy demócratas. La Constitución de 1991 plantea la coexistencia y la tolerancia, la diversidad cultural y la diferencia étnica. Pero en el siglo XX los más conservadores decían: “El error no tiene derechos” y, pensando en el pueblo ignorante y atrasado, pensaban que era algo racial, y por eso muchos decían: “Tenemos que blanquear la sociedad”. Si llegaban inmigrantes blancos tendríamos un pueblo mejor.

C.R.: ¿El proyecto regenerador de la nación blanca, católica, hispánica, autoritaria?

J.O.M.: Un sistema político centralizado en un solo poder con una especie de monarca civil. El centralismo era el modelo español. El modelo liberal era contrario al poder central. En el siglo XIX, para muchos liberales, los indios y los negros deben entrar a la sociedad, integrarse, porque lo que importa no es el color de la piel. Por eso, como de todos modos creen que cada grupo étnico tiene rasgos propios, y piensan que indios y negros son algo inferiores, algunos, como José María Samper, piensan que para tener igualdad en la sociedad lo que había que hacer era mestizarnos. El mestizo es una raza nueva, una manera de ser únicos y de volvernos todos iguales, y de dar una base a la democracia. Esta no tiene tanto desprecio al otro pero comparte con las visiones tradicionalistas una visión jerárquica y el rechazo de la diversidad: la unidad es clave, debemos volvernos iguales de color. Salvador Camacho Roldán (1827-1900), que fue un presidente liberal (1868), fue a Estados Unidos y vio a toda esa población negra que había sido emancipada y estaba libre y sin muchos derechos[1]. Y propuso que aprovecháramos y los trajéramos a Colombia, para que se mezclaran con nuestras familias y le dieran nueva energía a nuestra raza, con la idea de tener una raza unificada, consideraba que la raza blanca estaba debilitada por el clima, etc. Es una visión contradictoria paradójica: los negros pueden mejorar la raza blanca, y esta es una idea contraria al racismo del momento, pero en el fondo la idea es que si no hay unidad racial no se puede armar la democracia: esta no funciona en Colombia porque hay otras razas distintas a la de los que mandan.

C.R.: Si Laureano Gómez tenía ese ideal de La Regeneración y casi que de retorno a la época colonial, ¿cuál era la posición de Jorge Eliécer Gaitán (1903-1948) frente a la Iglesia?

J.O.M.: Jorge Eliécer Gaitán no se metía mucho con la Iglesia. Gaitán fue un dirigente liberal que buscó una alternativa populista entre 1928 y 1934, influido por los movimientos de masas europeos, el socialismo y el fascismo: quería enfrentar el pueblo a la oligarquía dominante. Cuando llegó la República Liberal de Alfonso López Pumarejo (1934-1938) él se sumó al proyecto reformista moderado del liberalismo. Hizo parte de los gobiernos de López y de Santos, entre 1934 y 1942. Durante el gobierno Santos, que decidió hacer una pausa en el ritmo de reformas, como ministro de Educación, fue liberal en algunas cosas, pero no fue un militante radical. Fue la campaña electoral de 1946 la que lo enfrentó de nuevo al liberalismo de centro, al que se había sumado, y revivió su lenguaje populista y antioligárquico de 1931.

C.R.: Del caudillo liberal, como popularmente se conoce a Jorge Eliécer Gaitán, se dice que tuvo algún breve entusiasmo con la figura de Benito Mussolini (1883-1945), quizá en su paso por Italia a finales de los años veinte. Hay quienes han esbozado la propensión e inclinación populista que mostraba este líder político —«Yo no soy un hombre, soy un pueblo»— incluso, aunque con trayectorias muy diferentes, algunas veces a Gaitán se le ha comparado con la figura del general y líder populista argentino Juan Domingo Perón (1895-1974). ¿Gaitán era liberal?

J.O.M.: Era populista pero yo lo veo liberal. Por ejemplo, fue él quien permitió la exposición de la artista Débora Arango (1907-2005) en Bogotá, cuando era ministro. Tenía esos elementos de tolerancia que enorgullecían a los liberales. Pero también era un hombre con una visión jerárquica social fuerte. Son famosas sus anécdotas de cuando fue alcalde de Bogotá, entre 1936 y 1937, Gaitán quiso que los chóferes de taxi de Bogotá fueran elegantes y ordenó que debían usar uniforme, pero hubo una huelga monstruosa de transporte…

C.R.: ¡Ya paralizaban la ciudad en esa época!

J.O.M.: No se dejaron uniformar. Hay otra anécdota —que tiene más de chisme porque no está documentada—, dicen que cuando Gaitán fue designado alcalde, lo primero que hizo, al día siguiente del nombramiento, fue ir a almorzar al Jockey Club de Bogotá, el club de los ricos y elegantes, de la “gente bien”. Gaitán no era socio y no tenía derecho a entrar. Sin embargo, el club tenía en sus estatutos que el alcalde de Bogotá era miembro honorario del Jockey Club. Entonces, según esto, Gaitán habría llegado allá y cuando fue a entrar el portero le dijo: Doctor Gaitán, usted no puede entrar. Usted no es socio. Gaitán le habría respondido: Pero los estatutos dicen esta cosa… A lo que el portero habría replicado: Anoche se reunió la junta y cambiaron los estatutos…

Ese cuento lo tenían de Gaitán porque él no era de la clase alta bogotana. Pero tampoco era del “pueblo”. Era de clase media y había ascendido a los niveles más altos del poder político: había sido alcalde de Bogotá, congresista, ministro. Su padre era un librero. Al final un librero es un intelectual. Pero a Gaitán lo miraban como alguien de clase baja, hijo de un tendero y entre la clase alta algunos lo miraban con algo de desprecio, el “negro Gaitán”, o el “indio Gaitán”. Durante la campaña presidencial de 1946 Gaitán asumió con más fuerza ese lenguaje popular y el argumento étnico-racial en detrimento de su contrincante el candidato liberal Gabriel Turbay (al que calificaba de “turco”), también agitó la consigna de que el pueblo era un solo pueblo y que esa división liberal y conservadora se la habían inventado “los de arriba” para mantener el poder.

C.R.: Esa idea de “un solo pueblo” se corresponde con un ideario populista…

J.O.M.: Gaitán inventó esa historia que pegó mucho en la historia y en la cultura política colombianas. La idea de que la división política es un invento para mantener el dominio de las oligarquías.

C.R.: ¿Qué rol tuvo la Iglesia en ese periodo conocido como La Violencia (1947 y 1957) y cómo reaccionó ante el asesinato de Gaitán?

J.O.M.: Los grandes jerarcas, en general, veían con simpatía el triunfo del conservatismo, pero no querían aumentar las tensiones con el liberalismo. Sin embargo, hubo tres o cuatro obispos que se sumaron al tono de cruzada del laureanismo para evitar el triunfo liberal, que era la destrucción de la civilización. Y en muchos pueblos, en 1947 y 1949, los párrocos hacían sermones contra la amenaza liberal, atea, comunista, masona. Los obispos habían chocado muchas veces con el extremismo de Laureano Gómez, pero en el fondo compartían su visión fundamental: yo creo que el tono de la Iglesia colombiana, en la segunda mitad del siglo XX, estuvo muy marcado por la herencia laureanista, aunque el Frente Nacional, impulsado por el mismo Laureano, la debilitó rápidamente y abrió el camino para una Iglesia sin poder político formal, con diversas posiciones políticas y más bien alejada del conflicto político diario.

C.R.: Después de Laureano Gómez, ¿hubo otras figuras políticas relevantes que hayan instrumentalizado el discurso religioso?

J.O.M.: Creo que hasta cierto punto Rojas Pinilla trató de mantener la idea de que era un defensor de la Iglesia, que no fue muy claro ni muy fuerte. Fue más una cosa un poco simbólica básica. Gustavo Rojas Pinilla llegó al poder en un golpe de Estado diciendo no más partidos, no más violencia en nombre de los partidos. Reivindicó a Bolívar y tuvo un ministro, un personaje que venía del gobierno de Laureano, Lucio Pabón Núñez (1914-1988), ideólogo de una decisión que se tomó bajo Laureano y fue la de declarar a Colombia “república bolivariana”. Además, hizo establecer la llamada cátedra bolivariana. Se enseñaba a Bolívar desde una visión muy religiosa. Rojas salía, en televisión siempre al lado de imágenes de Cristo y Bolívar: era una afirmación de fe básica, pero no tuvo un desarrollo muy fuerte, y pronto Rojas chocó con los obispos, sobre todo por el intento de crear un sindicalismo orientado por el gobierno, que competía con el sindicato apoyado por la Iglesia, la UTC. Pero terminó ahí, con Rojas Pinilla, porque después vino el Frente Nacional.

Alberto Lleras Camargo (1906-1990), como había comentado, fue bastante excepcional, un liberal genuino de los pocos liberales que uno podría decir que hubo en la historia colombiana[2], se arriesgó en 1946 al hacer posible la elección de los conservadores. Los liberales casi lo matan, mejor dicho, lo “chiflaron” al salir de la presidencia. Lleras era muy respetuoso y le tocó, de manera increíble, negociar con Laureano Gómez para lograr el final de La Violencia. Negoció con Laureano y Laureano se calmó y ambos defendieron con energía el acuerdo al que habían llegado para acabar con el enfrentamiento de los dos partidos de tono del siglo XIX. La otra mirada integrista fue la de Álvaro Gómez, hijo de Laureano Gómez, quien mantuvo sus ideas durante 20 años más. Lo paradójico es que después de su secuestro —fue secuestrado por el M-19— reapareció completamente transformado, abierto a la negociación, a la conversación, en vez de llegar más violento. Volvió con la idea de transar y eso es muy curioso. Las dos transacciones —la de Laureano y la de Álvaro— son de lo más fuerte que hay y ha habido en Colombia. Hace poco salió un libro de Juan Esteban Constaín sobre Álvaro Gómez. Constaín trata de presentar a Álvaro Gómez como un gran pensador que no era —pero si era un hombre realmente culto y serio— y aunque no esconde nada, adopta siempre la interpretación más favorable a su personaje. Casi que se desaparece su intolerancia, borrada por su tolerancia tardía. Pero vale la pena leer el libro porque realmente muestra bien algunas cosas. Y quien esté interesado en las visiones integristas de la sociedad colombiana puede apreciar en forma muy clara la visión integrista de Álvaro Gómez.

El conservatismo dejó de ser un partido con una mirada o visión integrista. La Constitución de 1991 fue la transacción, tan curiosa, por encima de ideologías, entre Álvaro Gómez, Antonio Navarro por el M-19 y los liberales. Con la Constitución de 1991 se abandonó en buena parte esa idea de la unidad como requisito para la convivencia en Colombia, aunque la convivencia no se ha logrado, ante todo por la supervivencia de la ilusión revolucionaria, que está terminando, y porque no hay propuestas o proyectos que unan algo a los sectores populares. La cuestión religiosa se borró suavemente, sin una gran pelea. Y creo que se eliminó también esa contraposición entre una sociedad religiosa —orgánico religiosa— y una sociedad liberal. En sentido constitucional Colombia es un país liberal.

Notas

[1] Salvador Camacho Roldán, abogado, jurista, editor y periodista, según se extrae de la Red Cultural del Banco de la República, «publicó muchos artículos sobre economía y política, donde muestra su estilo propio y contundente, lejos de la retórica sin contenidos que imperaba en ese entonces. Sus obras publicadas son: Notas de viaje (1890), elaboradas a raíz de su viaje a los Estados Unidos en 1887; Escritos varios (1892-1895) y Memorias, publicadas por primera vez en 1925. En 1882, Camacho Roldán pronunció en la Universidad Nacional su célebre discurso sobre la sociología, considerado su trabajo más importante por los aportes teóricos que en él consigna y donde define a la sociología como “la ciencia que se refiere a las leyes que por medio de las tendencias sociales del hombre, presiden el desarrollo histórico de los seres colectivos llamados naciones”, es decir, la ciencia que estudia el proceso vivido hasta la configuración de las organizaciones nacionales. Para Camacho Roldán, nación equivale a sociedad, entendida como grupo de personas unidas por lazos materiales, morales e intelectuales comunes».
[2] Jorge Orlando Melo sostiene que: «Ningún colombiano influyó tanto sobre la vida colombiana del siglo XX como Alberto Lleras Camargo […] Aunque en sus años juveniles se acercó tímidamente al socialismo, fue ante todo un liberal en el más clásico sentido de la palabra […] Lleras mantuvo una rigurosa neutralidad oficial en la elección presidencial que enfrentó a un partido liberal, dividido entre Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán, y el conservatismo encabezado por Mariano Ospina Pérez. Esta actitud, y la entrega tranquila del poder al partido contrario, le crearon la imagen de jugador político limpio que ayudaría, años después, a unir liberales y conservadores. regresó a Colombia en 1954, a enfrentar la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla. En esta lucha, que se hizo ante todo con artículos y discursos, Lleras unió a todo el país —empresarios, obreros, estudiantes, intelectuales, liberales y conservadores, pueblo y oligarquía— en una cruzada que culminó con la caída del general Rojas en 1957; fue allí donde mostró con mayor claridad sus virtudes de organizador político y la fuerza que podían generar su figura enjuta y su palabra […] Lograr que el liberalismo aceptara la paz con quien había tenido la mayor responsabilidad en la generación de ese clima de violencia, el dirigente conservador Laureano Gómez, es la señal más clara de la capacidad de dirección política de López. La creación del Frente Nacional, sistema por el cual liberales y conservadores se distribuyeron paritaria y alternativamente el ejecutivo, los órganos legislativos, la justicia y la burocracia, fue su obra política más importante».

*Clara Riveros es politóloga, consultora, analista política en temas relacionados con América Latina y Marruecos y directora en CPLATAM -Análisis Político en América Latina- ©

Abril, 2020

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