Colombia: la nación católica y la persistencia de la estructura colonial / En diálogo con Jorge Orlando Melo

Los siglos XIX y XX

Por Clara Riveros*

Jorge Orlando Melo (1942) estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia e Historia en las universidades de North Carolina y Oxford. Fue profesor en las universidades Nacional y del Valle, de Colombia, y en Duke University. De 1990 a 1994 fue consejero presidencial para Derechos Humanos y para Medellín. De 1994 a 2005 dirigió la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá. Es autor de Sobre historia y política, El establecimiento de la dominación española, Predecir el pasado y Ensayos de historiografía colombiana, así como editor de Historia de Medellín e Historia de Antioquia.

En 2017 el escritor  publicó Historia Mínima de Colombia, traducido a diferentes idiomas, ha sido uno de los libros más vendidos en Colombia durante 2018 y 2019. Fue el libro el más vendido en la Librería Nacional —12000 ejemplares en 2018— y uno de los más vendidos en la última Feria del Libro de Bogotá (FILBo) en 2019. Historia Mínima de Colombia, por su pertinencia, le ha sumado reconocimiento nacional e internacional a la destacada trayectoria intelectual del autor. Hace unas semanas tuve ocasión de conocer al escritor. A propósito de este libro, mantuvimos un intercambio sobre diferentes asuntos, a saber: la nación católica y la cuestión religiosa, el Estado confesional, la persistencia de la estructura colonial, la modernidad y la ciudadanía como procesos en construcción, entre otros temas. En estas semanas publicaremos las entregas del diálogo con Jorge Orlando Melo que abarca diferentes momentos de la historia política de Colombia en los siglos XIX, XX y los años transcurridos del XXI.

CLARA RIVEROS: Hablemos de esa influencia religiosa y del poder de la Iglesia antes y después de la independencia… 
El escritor Jorge Orlando Melo

JORGE ORLANDO MELO: El peso de lo religioso durante la Colonia (1550-1810) era muy alto en la vida diaria. Influía mucho en la manera de ser y estaba en una relación muy peculiar con el poder. La Iglesia era parte de la estructura del poder del sistema político en la medida que el rey tenía poder aquí, en última instancia, por una concesión divina: era Dios quién le había dado el poder de gobernar y organizar esta sociedad con el objeto de convertir a los indígenas, salvarles el alma, etcétera. En cierto modo, el aparato político era el resultado de un proyecto divino y eso correspondía, sin muchas dificultades, a la cultura española de los siglos XVII y XVIII (Barroco español). En el siglo XVIII esta estructura comenzó a tener pequeños desajustes, influida por el racionalismo francés, por los ingleses, por el empirismo. Aunque era algo totalmente marginal: eran muy pocos los que tenían dudas individuales, que de todas formas no se convertían en dudas políticas. Toda la gente que, más o menos, puso en cuestión el orden español entre en 1780 y 1810 nunca lo puso en cuestión como modelo social y político, sino básicamente como una cuestión de coyuntura: si no hay autoridad en España, “nos mandamos nosotros mismos”. Coincidían en la misma mentalidad, pero algunos estaban más abiertos a un nuevo orden, a un orden distinto y, a veces, tenían menos confianza en que las verdades religiosas sirvieran para ordenarlo todo.

Después de 1810, hasta 1830 o 1840, hubo mucha discusión entre los letrados. Gente que piensa: ¿Podemos organizar una república sin necesidad de la Iglesia? ¿En contra de la Iglesia? ¿Vamos a estar con la Iglesia, pero esta tendrá un poder y un ámbito propios? Los que quieren que la política sea independiente de la religión son personas que creen y que tienen prácticas religiosas, pero que consideran que la Iglesia no tiene por qué establecer y controlar muchas de las formas de la vida política y social. Ese fue, un poco, el sentido de la influencia liberal…

C.R.: Pero no hablamos de un proyecto liberal en toda su extensión, sino más bien de limitar a la Iglesia, de quitarle poder. A veces, incluso, de manifestaciones anticlericales…

J.O.M.: Estas ideas llevaron a los primeros ajustes muy vacilantes en las primeras constituciones. Por ejemplo, prácticamente ninguna constitución declaró la libertad de cultos, solo declararon la tolerancia de cultos. Es decir, que quienes no fueran católicos, los protestantes, por ejemplo, podrían practicar su religión en privado, no en público, no escandalizar a los demás, no alterar el orden social. Siguiendo esa noción la sociedad se mantiene como un orden total, como un sistema, como un organismo cuyas partes tienen funciones muy precisas. Podría aplicarse esa vieja metáfora del organismo (con cerebro, con órganos, con manos, etc., y con funciones específicas). Esa es una metáfora que se utiliza mucho. También está presente en Simón Bolívar (1783-1830). Con frecuencia él señala que hay varios sectores en la sociedad. Los sectores cultos tienen la capacidad de ejercer la función de guías morales. Él habla del poder moral, incluso trata de incorporarlo en las nuevas constituciones de los países que alcanzaron la independencia, como lo hizo en la de Bolivia de 1825. Bolívar llegó pronto a la conclusión de que la sociedad, la estructura social, requiere una guía moral frente a los intelectuales que van a arrastrar a la sociedad hacia posiciones locas y a los liberales que van a desorganizar el sistema social por demagogia y a los que se pueden dejar llevar a una guerra de castas. Esa guía moral podían darla los notables, los grupos cultos de la sociedad, pero después de 1827 Bolívar siente que la religión puede ayudar.

Simón Bolívar estaba totalmente a favor de la independencia, a favor de la libertad de todos, incluyendo los esclavos. En eso fue muy consistente. Pero él pensaba que debía mantenerse, más o menos, el orden tradicional. Y ese orden tradicional es un orden con jerarquías, con gente que se encarga de guiar al pueblo. Hacia 1824-1825, a Bolívar le pareció que los liberales estaban abriendo el camino a la perturbación del orden social. Esto creó problemas y llevó a un primer conflicto entre la visión de Bolívar (de crear una sociedad ordenada) y la visión de algunos liberales minoritarios, que consideraban que la sociedad no necesitaba una estructura orgánica, sino que su funcionamiento debía basarse en unas normas constitucionales y legales, pero esta era una idea minoritaria incluso entre los mismos liberales. El liberalismo era, como dice el historiador Marco Palacios (1944), muy tenue. Un liberalismo muy superficial y muy de pequeños grupos. Para los notables liberales y conservadores lo fundamental era mantener un orden social jerárquico que no les disputara sus privilegios. Un orden social en el cual unos tienen poder y capacidad de guía porque son cultos. La diferencia fundamental entre los liberales y los conservadores se dio en torno a la religión y al papel de la religión.

C.R.: ¿Una cuestión de forma y de fondo respecto al rol de la religión en la definición del sentido de ese orden social? ¿Cómo y hasta dónde permitir la influencia de la Iglesia?

J.O.M.: Para los conservadores ese orden ya está ahí, en las formas reales de la vida social, y debe estar confirmado por las instituciones y la Iglesia. Para los liberales hay que hacer ajustes para poder concretar esa igualdad que se ha prometido (centrada en dar derechos a los ciudadanos y en que los esclavos y los indígenas adquieran los mismos derechos de los blancos) y buscar la manera de que pudiéramos tener una sociedad que no sería igualitaria, ni mucho menos, nadie lo plantea, pero en la cual la desigualdad provendrá de la riqueza, de la capacidad intelectual, del aprendizaje, pero no de una cuestión completamente hereditaria. Esa era un poco la visión que promovían algunos liberales: la gente es diferente, desigual y la sociedad lo reconoce, pero el puesto de cada uno debe lograrse con su propio esfuerzo.

De todos modos, abrir el camino a la ciudadanía, a los derechos, llevaba a conflictos, a las revoluciones con participación de ciertos sectores populares. Por ejemplo, la gran participación política artesanal entre 1848 y 1854 hizo que liberales y conservadores vieran la agitación popular como un peligro que había que frenar. Hay que establecer algo de orden, limitar los derechos electorales y de ciudadanía, etc.  Pero al mismo tiempo hay quienes ven el desorden en el esfuerzo excesivo por mantener el poder religioso —fue lo que le pasó al fin a Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1878), militar y presidente en diferentes ocasiones, quien conocía todo esto desde adentro y había defendido a los grupos más conservadores durante algunos años, pero que en un momento de enfrentamiento con los conservadores y la Iglesia dijo: «Bueno, hay que acabar con el poder político de la Iglesia, con el poder público de la Iglesia y dejarla como un poder moral y religioso: Para eso hay que limitar sus bienes públicos, las propiedades “de manos muertas”, que no pueden venderse, el control de las fincas por los censos» (en los que no era dueña, pero el particular no podía vender la propiedad que estaba grabada con una deuda a favor de la Iglesia). La desamortización de bienes de la Iglesia, fue eso: expropiar bienes urbanos y rurales y créditos de propiedad de la Iglesia, que impedían la movilidad de la tierra, y rematarlos entre particulares, creyentes casi siempre pero algo liberales, para que las hicieran producir y así mejorar la economía. Se suponía así que al no tener en sus manos el inmenso poder del crédito y de las fincas que podía arrendar, la Iglesia perdería poder real en la política—.

C.R.: Y a las disputas entre liberales y conservadores por el tema religioso hay que añadir la conflictividad entre centralistas y federalistas que atravesó el siglo XIX…

J.O.M.: La cuestión religiosa generó conflictos pero solo llevó a una guerra clara en 1878. Antes fue mucho mayor el desacuerdo sobre cómo organizar el país, cuanto poder se debe dar a las regiones y a los organismos nacionales. Para 1819 no había ningún grupo local, ninguna región tan fuerte que realmente controlara el país: el país tenía muchas ciudades y la vida económica estaba dispersa entre la costa comercial y ganadera, las zonas mineras, la regiones agrícolas e indígenas. Bogotá, donde estaba la capital, era una ciudad remota, y estaba muy dividida entre federalistas (liberales) y centralistas (conservadores), pues sus abogados habían llegado de todo el país y tenían fuertes lealtades locales: se sentían más de su tierra que del Nuevo Reino de Granada. Y el resto del país: Socorro, Antioquia, Cartagena, Popayán, consideraban en general que debían gobernarse sin una influencia muy grande de Bogotá. Aunque el federalismo se identificó en general con el liberalismo, los conservadores de Antioquia, por ejemplo, muchas veces apoyaron el federalismo por miedo a que los liberales mandaran en un gobierno central bogotano. Esos años de conflicto generaron, sobre todo después de 1854, una idea que a mí me habría gustado tratar un poco más en la Historia Mínima y que uno ve en muchos libros de autores de la época, en los que los autores dicen: «Hicimos la independencia. ¿Qué conseguimos? Un país desorganizado, con guerras, sin orden. El estado anterior era una maravilla. La maravilla española». Esa reivindicación de la gran tradición española, de la cultura española (el cristianismo, la desigualdad social, la sociedad jerárquica —donde los indios tienen un papel definido y los negros tienen un papel subordinado—), lleva a que se plantee un proyecto social que rechazó el liberalismo de los primeros años: hay que organizar una nación inspirada en la tradición española, con autoridad, con religión y ejército, y con un gobierno centralista, autoritario, elegido por unos pocos. Y una alianza de conservadores y liberales moderados impuso ese modelo a partir de 1880, en la llamada Regeneración y escribieron una Constitución católica y centralista, que estuvo vigente en Colombia, con algunos retoques, hasta 1991.

C.R.: ¿El proyecto de una república liberal —que era marginal— empezó a percibirse como peligroso y caótico?       

J.O.M.: Sí. Había que frenarlo en nombre de un orden religioso, jerarquizado, de un organismo que funcione y que pueda darnos la paz, que es lo que no hemos logrado, pensaban algunos. La falta de orden y de paz era lo que no nos había permitido tener el nivel de progreso que de alguna manera estábamos logrando en la época española, y con el que todos soñaban en 1821. El siglo XVIII, económicamente hablando, había sido un siglo de buenos resultados: se desarrolló la minería en Chocó y en Antioquia y la Nueva Granada se volvió un gran exportador de oro. Hubo crecimiento, menos pobreza. En el siglo XVIII Venezuela tenía más riqueza que Colombia; en el siglo XIX estaban más o menos iguales; en el XX Venezuela volvió a tener más riqueza; y, ahora, en el XXI, Colombia está mejor en términos económicos. Pero a mediados del siglo XIX, muchos notables veían que esa independencia que tanto prometía parecía un esfuerzo perdido. Unos decían «no hemos logrado nada», otros querían hacer los cambios a fondo, a ver si eso daba resultado, como José María Samper (1828-1888), quien hacia 1850 creía que había que seguir con la revolución que no se había hecho: la emancipación de los esclavos, el voto universal, los derechos para todos, la reducción del poder eclesiástico, el libre comercio, etc. Quería completar la revolución del medio siglo. Los quejosos de la falta de orden y de organización se van agrupando en la mentalidad conservadora, en los que dijeron que lo que había que hacer era abandonar el sueño revolucionario y volver a la sociedad ordenada colonial, que fue lo que terminó por imponerse al final del siglo XIX, encabezados por Miguel Antonio Caro y Rafael Núñez, y con el apoyo de muchos liberales arrepentidos como el mismo Samper. Creo que parte de la reacción conservadora tuvo que ver de alguna manera con el hecho de que los liberales no tenían muy claro un modelo alternativo: era como si tuvieran que escoger entre libertad con desorden u orden sin libertades. Los hombres de la Regeneración volvieron a poner en el escudo del país el lema “Libertad y Orden”.

C.R.: Los liberales eran vistos y percibidos como anticlericales…

J.O.M.: Liberales y conservadores creían casi en lo mismo, pero cuando los liberales decidieron meterse con la Iglesia no fueron muy coherentes con sus propios argumentos y, a veces, cometieron muchas arbitrariedades contra los curas. Oponerse a la intervención de la Iglesia en política, buscar la separación de la Iglesia y el Estado, oponerse a las restricciones a los otros cultos y creencias: eso era consistente con la visión liberal. Pero imponer la elección de curas por los parroquianos no daba independencia a la Iglesia del Estado, obligar a los curas a jurar respeto al Estado, meter a la cárcel a los curas que no juraran, desterrar obispos… El liberalismo, defensor de la libertad de conciencia, terminó interfiriendo con la conciencia religiosa, bloqueando la libre práctica de la religión. Pronto el Partido Liberal empezó a verse como un partido anticlerical y destructor de la religión, cuando en realidad sus miembros eran muy creyentes, y lo que pasaba era que su liberalismo era superficial, pues en el fondo compartían las ideas de orden de sus opositores y querían también imponerlas.

C.R.: La Constitución de 1863 fue la expresión del liberalismo más radical (Estado laico, educación laica, reducción del mandato y del poder presidencial, mayor autoridad al poder Legislativo; se impuso el federalismo pero la excesiva autonomía de los Estados mostró ser inconveniente porque el país —renombrado Estados Unidos de Colombia— se iba a desintegrar). Esta Constitución consagró libertades (comercio, opinión, imprenta, enseñanza, asociación, porte de armas) y en el papel era más garantista con los ciudadanos que la Constitución de 1886. Pero, más allá de la Constitución de 1863, en sus prácticas cotidianas y en sus mentalidades, los liberales eran tan católicos como los conservadores…

J.O.M.: En cuestiones individuales que podían afectar a la Iglesia ya no eran tan liberales. Les gustaba imponer la enseñanza y la propagación de las ideas liberales. Así como los católicos creían en sus verdades, los liberales sentían que tenían ya su “verdad”, que ellos conocían y había que enseñar. El liberal del siglo XIX más que un escéptico que buscaba la verdad era un creyente que ya la tenía, como el católico. Los liberales planteaban que había que educar a la gente en el utilitarismo o el positivismo para que tuviera ideas distintas a las de la Iglesia. Un poco la crisis del modelo universitario tuvo que ver con eso. Manuel Ancízar (1812-1882), primer rector de la Universidad Nacional en 1867, renunció a la rectoría de la Universidad Nacional porque los liberales impusieron un programa de estudio de textos únicos fijados por ley: eso en su opinión será contrario al respeto a la universidad y a la libertad. El problema de la educación, cómo educar a los niños y la influencia religiosa en el colegio, llevó a una guerra civil fuerte (1878). Fue una guerra sobre la educación en los colegios públicos. Los liberales traían maestros (que eran protestantes de Alemania) y ponían reglas específicas sobre cómo enseñar la religión en las escuelas. Esas eran reglas que la Iglesia no quería o no iba a aceptar de ninguna manera.

C.R.: Los liberales colombianos eran liberales discursivamente pero en las prácticas eran autoritarios y no estaban plenamente sintonizados con la tolerancia y el pluralismo. La situación política se fue degradando, la inestabilidad y la conflictividad llevaron a que se impusiera la regeneración, la recuperación y la restauración del orden perdido frente a las ideas liberales y a las libertades…

J.O.M.: Lo que esto muestra es que Colombia fue un país con una estructura cultural, social y política muy colonial que se extendió al siglo XIX y de alguna manera al siglo XX. Un modelo político y social que fue concebido como un organismo cuyos órganos tienen que actuar de una manera específica y coherente y donde sus miembros deben tener unas ideas definidas y compartir una serie de valores porque de lo contrario el organismo no funciona. Lo que se valoraba era la unidad: el desacuerdo, la diversidad son algo moral y políticamente malo. Y la idea de sociedad no es la de una agrupación en la que los individuos tienen ideas y deseos diferentes, que buscan metas y resultados distintos, sino la de un organismo coordinado, en el que los dirigentes son los que conocen cual es “la verdad” y cual es el bien de todos. Sociedades en las que todos deben buscar “el bien común”, pero en las que si uno busca su propio bien es un egoísta que no actúa como debe y alguien que promueve la división, los partidos. Por esto en los textos de la independencia hay tanto rechazo a los partidos, que Bolívar, por ejemplo, censuró una y otra vez.

*Clara Riveros es politóloga, consultora, analista política en temas relacionados con América Latina y Marruecos y directora en CPLATAM -Análisis Político en América Latina- ©

Marzo 2020

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