Colombia: la cuestión migratoria, étnica y racial / En diálogo con Jorge Orlando Melo (II)


La primera mitad del siglo XX

Por Clara Riveros*

Esta semana presentamos la segunda entrega del diálogo con el historiador Jorge Orlando Melo (1942), autor entre otras obras de Historia Mínima de Colombia (2017). En esta ocasión hablamos de algunas creencias que tenían políticos liberales y conservadores en las primeras décadas del siglo XX sobre la presunta inferioridad de algunos grupos poblacionales y la idea de que el pueblo colombiano era un pueblo débil y enfermo, pero también comentamos los prejuicios antisemitas y cierta resistencia al elemento árabe y a los inmigrantes que no tuvieran un elevado nivel cultural. Abordamos la cuestión migratoria, étnica y racial y la instrumentalización que de estos temas hicieron los hombres claves de la política colombiana en la primera mitad del siglo XX.

JORGE ORLANDO MELO: Creo que vale la pena señalar que aunque a Colombia no vino una migración masiva, el país buscó siempre, mientras el sueño de trabajadores y campesinos que llegaran a producir y a mejorar la raza nunca se volvió realidad, promover una migración de profesionales, técnicos, comerciantes y personas con capital. Hasta quien musicalizó el himno nacional era extranjero; un compositor italiano[1]. En el siglo XIX buena parte de los médicos, mineros, ingenieros que trabajan en el país son extranjeros: alemanes o ingleses. Aunque las autoridades prometían tierras a los campesinos que vinieran, soñando con italianos o españoles, estos no venían a una tierra que veían como insalubre, de clima difícil y poco productiva. Los que venían eran los viajeros, fascinados por la selva tropical, que pasaban y volvían a su país, o los mineros que conseguían plata en Antioquia, o los comerciantes que se establecían en Santander o Bogotá. A esta migración individual se sumó, a fines del siglo XIX, la migración de grupos algo más amplios de libaneses, sirios y otros grupos semitas, así como de judíos, que vinieron huyendo de las persecuciones y conflictos de esos años. Desde entonces la migración volvió a ser muy limitada: gente a la que el gobierno le daba visa porque traía capital o porque venía a enseñar, a tocar en una orquesta, a actuar en un teatro, en la radio o la televisión, o a practicar una profesión o un oficio. Muchos de los intelectuales, de los músicos, de los editores del siglo XIX o XX son extranjeros. En el siglo XX no hay migraciones masivas: las migraciones más grandes son las de unos centenares de españoles y europeos que llegaron huyendo de las guerras. De resto, es migración individual, que hizo un gran aporte a la cultura, a la vida diaria, a los restaurantes, a la recreación, a la arquitectura, a la educación, y acabó, muchas veces, integrada a la sociedad local.

CLARA RIVEROS: Retomemos un poco la cuestión migratoria, étnica y racial de la primera mitad del siglo XX que usted enunció cuando habló de la corriente que buscaba “blanquear” el país con la idea o presunta necesidad de que debía mejorarse la raza o hacerla más fuerte. Recuerdo, a partir de algunas consultas y lecturas que algunos plantearon no permitir la entrada al país de inmigrantes de ciertos orígenes. Tenían unos criterios excluyentes en razón de la raza y, a veces, del estatus socio-económico y el nivel cultural. En Cancillería existen algunos documentos en los que personajes de la época plantean, por ejemplo, la inferioridad del judío. Creo que fue Luis López de Mesa (1884-1967), canciller del gobierno de Eduardo Santos (1938-1942), quien habría intentado prohibir el ingreso de judíos al país…

J.O.M.: Luis López de Mesa modificó sus posiciones muchas veces. Era liberal, pero respecto a lo que menciona, creía en la visión positivista de las razas, influida por el darwinismo social, que se impuso en el mundo desde finales del siglo XIX: fíjese que durante el siglo XIX lo que era importante era la cultura, no la raza. Se creía que “ellos”, si estaban bien educados podían ser igual a “nosotros”. Seríamos “iguales” a partir de la cultura. En las primeras décadas del siglo XX, hacia 1920, la convicción tanto de liberales como de conservadores tiene que ver con que lo importante es la raza, pues hay razas, por la sangre, genéticamente más creativas y aptas para el progreso. López de Mesa creía que grupos como los semitas, árabes y judíos, podían tener elementos raciales negativos. Pero pensaba sobre todo que sus culturas incluían elementos que chocarían con la cultura colombiana. Por eso su posición, durante los treinta, fue claro: no se oponía a que vinieran judíos, si eran cultos y creativos, científicos o intelectuales, pero si a la inmigración numerosa y amplia.

Por eso en 1936 cuando ocurrió la Guerra Civil Española y López de Mesa era ministro de Educación, ayudó a traer a algunos españoles educados, para trabajar en la Escuela Normal Superior o en la Universidad, porque en ese momento pensaba que lo importante era traer al país gente con conocimientos. Tenía la idea de que no podía traerse gente de países pobres o donde la cultura estaba muy atrasada, como los árabes y palestinos, y que era importante que el país, en vez de formas culturales ajenas a su tradición, consolidara y mezclara lo que ya tenía, las culturas regionales. Por eso apoyaba que vinieran personas notables, pero no grupos étnicos amplios, que traerían nuevos valores culturales.

C.R.: Quizá el eventual rechazo al elemento árabe tenía que ver más con el aspecto cultural que racial. O sea, rechazarlo porque no representaba una alta cultura o cultura elevada…

J.O.M.: Si, es cierto, ante todo por razones culturales. Después, en 1938 y 1939, con la persecución antijudía, López de Mesa, ya como ministro de Relaciones Exteriores, se sumó a esa idea antijudía. Alegó que los 5000 judíos que había en Colombia formaban un grupo ya muy influyente, de modo que debía evitarse que aumentara, pero sin rechazar a los que podían tener aportes especiales. Por ejemplo, trató de traer a Colombia al escritor judío Stefan Zweig.

C.R.: Pero Stefan Zweig y su esposa, Charlotte Altmann, no vinieron a Colombia, estuvieron en Brasil, vivieron ahí algún tiempo y se suicidaron en 1942.

J.O.M.: Sí, pero López de Mesa apoyó la idea de que vinieran y lo mandó invitar, aunque no lo logró. Su rechazo a los judíos era a la llegada como grupo, con una cultura influyente, no a que vinieran algunas personas judías. Sus instrucciones a los cónsules era que juzgaran si la persona, judío o no, aportaba al desarrollo, al conocimiento, a la ciencia, a la producción. Y en ese caso que permitieran la inmigración. Pero que no nos llenáramos de pueblos ajenos a nuestras formas de ser, a nuestra cultura. Por eso nunca prohibió la entrada de judíos: recomendó que se aprobaran solo casos especiales. Existía el prejuicio de que debíamos formar una “cultura nacional” con rasgos compartidos por todos.

C.R.: Los comentarios de López de Mesa sobre los judíos fueron bastante fuertes y brutales…

J.O.M.: Bastante fuerte con los judíos, también basada en una idea muy religiosa y en el sueño de que había que formar una “cultura” nacional unificada. Creo que creyó un poco el cuento que los judíos formaban una mafia, una red que buscaba apoyarse mutuamente, que no se integraban y que no tenían ninguna solidaridad con el país al que llegaban, esa idea extendida de que eran “gente sin patria”. Una idea que se mantiene en muchas partes de la cultura colombiana. De otra parte, Laureano Gómez hizo un librito con dos conferencias que hizo en el Teatro Municipal de Bogotá sobre las razas en Colombia y su decadencia. Habla horrores de todas. Ni indios ni negros pueden aportar mucho, tienen una “completa inferioridad” y están resentidos por su sometimiento, y los españoles también son una raza en decadencia. Todos estos defensores de la inmigración blanca soñaban con alemanes o ingleses, franceses o italianos, monitos y bonitos, una cosa radicalmente conservadora. Pero esto lo compartían muchos liberales, aunque muchos se opusieron a estos argumentos y defendieron la idea de que la cultura saldría del mestizaje de las razas colombianas existentes. Pero Jorge Eliécer Gaitán trató de probar que el pueblo colombiano era un pueblo débil y enfermo, que necesitaba ser dirigido: debía haber gobiernos para el pueblo, pero no podía haberlos del pueblo, pues este no tenía capacidad.

C.R.: En 2016, investigando sobre la presencia árabe en Colombia, descubrí un pequeño libro en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. El libro lo había publicado Juan Roca Lemus (1908-1981), 70 años atrás. El autor, conocido como Rubayata, tituló su libro: El camino de Damasco. Parábola de Gabriel Turbay (1946). Se trata de una diatriba contra el candidato presidencial Gabriel Turbay (1901-1947), nacido en Colombia, de padres libaneses. Para Roca Lemus era terrible e inconcebible pensar que Colombia pudiera ser gobernada por un presidente que no tenía en sus venas ni una gota de sangre colombiana…[2]

J.O.M.: Esa campaña contra Turbay, debido a su origen, fue muy fuerte tanto del lado de los conservadores, con Laureano como mentor, como del lado liberal-popular con Gaitán, el candidato contrario, que también atacó el elemento árabe de Turbay señalando que no era colombiano.

C.R.: ¿Pero sería tan sólo como estrategia política en el marco de la contienda electoral o pudo ser algo más profundo?

J.O.M.: Gaitán atacó el elemento árabe en Turbay, aunque no era fuertemente racista. Creo que tuvo que ver más en el marco de esa idea de las razas y del pueblo enfermo. Gaitán había insistido en que el pueblo colombiano era un pueblo débil y estaba enfermo, mal alimentado, mal educado, lleno de enfermedades y que necesitaba rehabilitarse étnicamente. Esa fue la idea de ese momento del siglo XX, la mejora de la raza, y también la compartió Gaitán. En la vida electoral él no era racista pero la campaña coincidía con esas ideas, que podía sacar sin que le costara mucho trabajo. Es decir, podía decir que Turbay era de una raza diferente y que eso perturbaría más al país, que frenaría la formación de una unidad nacional, etc., y que se debía buscar la unidad racial mientras se educaba y se sanaba al pueblo. 

C.R.: Usted sugiere que el pensamiento antijudío y antisemita había arraigado en la historia y en la cultura política colombianas y que incluso esa tendencia, aunque marginal, se evidenció en tiempos relativamente recientes…

J.O.M.: Lo que hay es un rechazo a lo que sea diferente del sueño de nación tradicional e hispánica. El prejuicio antisemita es del siglo XX y se reforzó en la campaña contra Turbay, un semita árabe, y en mucho prejuicio popular y de la competencia contra los comerciantes judíos y árabes. Pero los ideólogos conservadores siguieron defendiendo una visión antijudía, que se apoyaba en el pensamiento nacionalista de antes de la Segunda Guerra Mundial, en la tradición falangista y nazi. Hay algunas situaciones que ilustran ese pensamiento antijudío y antisemita. En los años 80 e incluso en los años 90, con la publicación de nuevos libros de historia colombiana, se usaron estos argumentos. Salomón Kalmanovitz (1943), el economista, sacó un libro, un manual de enseñanza de Colombia, y en el diario El Siglo —periódico conservador fundado en 1936 por Laureano Gómez— salieron unos artículos violentísimos en contra de ese manual, diciendo que era un manual que estaba llenando la historia colombiana de basura. Y en realidad no era así. Kalmanovitz era marxista de formación, pero el libro ni siquiera lo planteaba. Él hablaba de conflictos sociales, de rebeliones indígenas y de todo eso, y entonces en el diario sacaron un editorial violentísimo, seguramente escrito por Álvaro Gómez (1919-1995), hijo de Laureano Gómez (1889-1965), en el que decía que no había que extrañarse de que Kalmanovitz, una persona de un «pueblo sin concepto de patria», estuviera ayudando a desestabilizar la sociedad. Esta historia muestra un poco la persistencia de ese pensamiento, aunque de todas formas ya era un poco marginal. El libro de Kalmanovitz, y otros manuales, fueron atacados por enfrentarse a la visión convencional de la historia patria, con sus tradiciones hispánicas.

El hecho es que toda esta historia lleva a otro tema que fue la afectación en la difusión de los textos escolares. Tengo un artículo (Arciniegas versus Kalmanovitz, una polémica mal planteada) sobre el libro de Kalmanovitz. Porque apenas él sacó ese libro y salió toda esta campaña, el ministerio se asustó un poco y retiró el libro, no de la circulación, no lo prohibió. El ministerio de Educación era relativamente progresista en ese momento y había comprado muchos ejemplares. Decidió no volver a comprar. Hubo una campaña pública contra los nuevos textos, que hizo que el ministerio vacilara, algunas dudas y, poco a poco, los editores se aburrieron. Los textos más o menos novedosos que habían salido fueron retirándose gradualmente del mercado. No los volvieron a sacar más. Textos, por ejemplo, como el del padre Rodolfo Ramón de Roux (1945), filósofo, teólogo y sociólogo, primo del sacerdote jesuita Francisco de Roux Rengifo (1943); y de otros autores que dejaron de publicar. Esos libros hablaban de conflictos sociales, de la encomienda, de la esclavitud, de esos temas. Mostraban un país que no era tan bonito como lo pintaban otros, y no elogiaban con el mismo entusiasmo los aportes españoles, el idioma, la religión, etc., ni se concentraban en elogiar a Bolívar, Nariño o Santander, y todos los presidentes. 

C.R.: A propósito de esto último que señala es importante conocer la historia con sus luces y sombras. Algunas veces en Colombia hay quienes hablan de un país tan civilizado y en clave quizá edulcorada que parece que hablaran de otro lugar. Pero también hay quienes tienen unas lecturas tan pesimistas y catastrofistas que no siempre se corresponden con la realidad, parecería que se niegan a ver o a reconocer que algunos procesos han servido, incluso puede ser que se hayan subvalorado y que en el momento en que tuvieron lugar sirvieron de contención o hasta para pacificar el país…

J.O.M.: Hace unos años hubo mucha discusión sobre la enseñanza de la historia. Incluso, en la Academia de Historia hubo un historiador, Antonio Cacua Prada (1932), que se inventó una teoría totalmente loca. Cacua Prada publicó un artículo en el cual dice que todo el cambio de la enseñanza de la historia fue el resultado de un plan comunista. Que el gobierno, en el año 1978, hizo traer dos expertos de la UNESCO para que orientaran al ministerio en la enseñanza de la historia y, según él, eran dos hombres de la Cortina de Hierro, un ruso y un polaco, Sivenko y Estachusko, que buscaban acabar con el sentimiento de nación[3]. Según esta historia, ellos influyeron para que el gobierno hiciera los cambios que llevaron a la resolución del año 1984, en el gobierno de Belisario Betancur que reorganizó los planes de enseñanza. Esa resolución dice que la historia será parte de las ciencias sociales y debe enseñarse teniendo en cuenta sus avances. Pero nunca se prohibió la enseñanza de la historia ni mucho menos, solo se dijo enséñenla bien y ahora mucha gente dice que el ministerio de Educación en Colombia eliminó la enseñanza de la historia. En realidad nunca la eliminó, recomendó unas condiciones para su enseñanza que eran lógicas pero resultaban difíciles de aplicar. Y esta versión la ve como parte del mismo plan para acabar con la “nación”, pero ahora en un plan comunista más que judío. De todos modos, la historia no hay que enseñarla para promover formas concretas de ver la vida nacional: debe tratar de ser lo más equilibrada posible, y no se justifica pintar el pasado como una historia idílica para reforzar la idea de la nación o el aprecio de los héroes y los dirigentes, ni como una guerra continua y un desastre total promovido por una élite explotadora para promover el sueño de una revolución social. Si la gente apoya hoy una línea política, que lo haga por lo que quiere que pase y no por lo que cree que ha pasado antes. Y el análisis de cómo ha sido el pasado debe basarse en datos y argumentos, y no en ideologías.

C.R.: ¿El ministerio dijo enseñen bien y entonces fue más fácil no enseñar?

J.O.M: Eso fue lo que ocurrió. Las polémicas alrededor del tema fueron violentísimas. Los editores dejaron de hacer textos de historia. Los colegios empezaron a disminuir la enseñanza de la historia y a remplazarla por más matemáticas y por otras asignaturas. Aunque los mejores colegios mantuvieron las asignaturas de historia sin problemas e incorporaron textos realmente sofisticados. Si uno se iba en el año 2005 a los colegios elegantes de Bogotá, al Colegio Los Nogales o al Colegio Santa Francisca Romana, estaban utilizando textos bien hechos como el de Margarita Peña, no textos viejos como el de Henao y Arrubla y los que lo copiaban, Manuel José Forero, el hermano Justo Ramón o el padre Rafael Granados. Además, quienes enseñaban eran licenciados, egresados de las universidades que utilizaban los pocos textos que había, pero eso solo funcionaba en los colegios más ricos, que cobraban y que hacían comprar un texto. No ocurría en los colegios públicos, donde no había texto e incluso no se estaba enseñando historia… En la práctica la enseñanza de historia se dañó en los colegios públicos y en los colegios privados malos, y se mantuvo en unos pocos colegios privados exigentes.

[1] El Himno Nacional de Colombia fue musicalizado por el compositor italiano Oreste Síndici (1828-1904) quien utilizó los versos escritos por el expresidente Rafael Núñez.
[2] Algunas citas, referencias y extractos del texto de Juan Roca Lemus: “Gabriel Turbay Avinader fue bautizado en Bucaramanga, en la iglesia de San Laureano […] Pero el bautizo nada importa. Lo que importa es la sangre. La sangre es la que manda”. “¿Por qué no retorna Gabriel Turbay Avinader a El Líbano, a Siria, a la bella tierra suya y de sus mayores? ¿Por qué ese afán de anegarnos en sangre, que es lo que va a ocurrir en nuestro país?”. “Está definitivamente establecido que la situación de la “nacionalidad” de Gabriel Turbay Avinader es patéticamente cantinflesca […] aún en el caso de que Gabriel Turbay Avinader hubiese nacido en el propio Bucaramanga, de padres siriolibaneses, como lo son efectivamente, le pertenece al siriolibanés. No es colombiano […] Nos interesa más como colombianos, como patriotas colombianos, la cuestión de la sangre”. El autor mezcla elementos religiosos, apela al sentir nacionalista, a la patria, a Dios, a las Fuerzas Armadas. Habla de la degradación de Colombia ante la amenaza que supone el elemento foráneo que encarna Turbay y se justifica señalando que su sentir patriótico no raya en el chauvinismo. Sin embargo, en el texto evidencia racismo y xenofobia, incluso en relación con el aspecto físico de Turbay. Todo ello para desacreditar la aspiración presidencial del candidato porque, según él, Gabriel Turbay no era colombiano. “Un árabe reencauchado de colombiano”. “No encontramos, pues, en todo el ajonjeo de las guerras civiles colombianas, a ningún Turbay, como no lo hallamos en ninguna hazaña de la Conquista ni de la Colonia ni de la Emancipación ni de la República, en general”. La extensa carrera política del candidato Turbay era insuficiente para demostrar su “colombianidad”. Para Roca Lemus lo evidente era, por un lado, la ausencia de patriotismo y, por el otro, la arraigada estirpe árabe de Turbay. Unas veces utiliza descalificativos hacia la personalidad del candidato (rencoroso, intolerante, manipulador, arrogante, oportunista, habla de la incoherencia mental que también es del alma e ideológica: “lo que le hace demasiado peligroso. Ha tratado de esconder sus sentimientos anticatólicos con la cocha del disimulo […] Turbay niega la existencia de Dios. Es ateo […] Comunista de los peores”); otras veces refiere sus raíces (árabes, orientales, temperamento oriental). “Buscamos a la Patria, febrilmente. No buscamos extraños para que la gobiernen. Aparte de saber cómo un gobernante en cuyas venas sólo exista la navegación de sangres lejanas de las criollas serviría para el destrizamiento de los más nobles fueros patrios, en lo espiritual, también comprendemos cómo implantaría el despotismo”. “¡Condúcelo a su camino, al Camino de Damasco, Señor! […] ¡Condúcelo si no quieres vernos encharcados en sangre, Señor!”, son algunos de los fragmentos más notables del texto de Roca Lemus publicado en 1946.
[3] Véase a este respecto: «Aprender y enseñar historia: algunos artículos«, Jorge Orlando Melo.

*Clara Riveros es politóloga, consultora, analista política en temas relacionados con América Latina y Marruecos y directora en CPLATAM -Análisis Político en América Latina- ©

Abril, 2020

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