Bogotá, ciudad partida

En Colombia se eligen alcaldes por voto popular desde 1988, inicialmente por periodo de dos años pero con la Constitución de 1991 se extendió a tres y finalmente, mediante Acto Legislativo de 2002 que rige en la actualidad, se extendió el mandato a 4 años. En los 26 años que han pasado, se eligieron 9 alcaldes de los cuales 5 terminaron su gobierno en los tiempos establecidos. De las diferentes gestiones, destacan: Antanas Mockus, Enrique Peñalosa y Luis Eduardo Garzón.

El primero, llegó al cargo en 1995, aportando transparencia, austeridad y, lo más notable: le apostó a la convivencia a partir de referentes simbólicos, a la necesidad de cumplir las normas y a construir cultura ciudadana. Esa fue su mayor contribución a la ciudad, más allá de no concretar grandes obras de infraestructura, cambiaron los imaginarios y los referentes de sentido para los capitalinos.

Con Enrique Peñalosa a partir de 1997, vino la recuperación y transformación del espacio público, al comienzo sus medidas no fueron bien recibidas, durante su gestión organizó y modernizó el sistema masivo de transporte, implementó Transmilenio (que dicho sea de paso, hoy se ha quedado corto y funcionaría mejor como sistema complementario al metro, no da abasto ni en rutas, ni en articulados). El urbanismo fue el rasgo distintivo de la gestión de Peñalosa, la crítica que le hicieron en su momento, se dio por otorgar la administración de servicios y espacios públicos a consorcios privados.

En el año 2000 regresó Mockus que con un estilo más moderado dio continuidad a los proyectos heredados de su antecesor, se obtuvieron resultados s,ignificativos y fueron reconocidos, incluso, internacionalmente. A partir de 2003, el segundo cargo más importante del país lo ha ganado democráticamente la izquierda, representada en el Polo Democrático Alternativo –PDA-. En ese año fue elegido por primera vez un representante del sector sindical, Luís Eduardo Garzón, quien con algunos rasgos populistas en su discurso puso énfasis en la inclusión social de los sectores más vulnerables, además de visibilizar y otorgar reconocimiento y participación a las minorías y sectores que no habían sido reconocidos debidamente en gestiones anteriores. Se hizo a un lado el énfasis modernizador de la ciudad y se perdió en términos de movilidad. Garzón finalizó su mandato con una aprobación mayor que la de los alcaldes anteriores y a diferencia de Gustavo Petro pudo gobernar sin revanchismo.

Lo anterior hizo posible un nuevo triunfo del PDA con Samuel Moreno a la cabeza, quien llegó a la alcaldía con la meta de implementar el metro para resolver los problemas de movilidad. Una vez en el cargo, resultó evidente la falta de directrices, en cambio, saltaron a la vista las prácticas tradicionales, la corrupción y el clientelismo para desfalcar la ciudad y otorgar contratos a sus amigos. Le dio continuidad a algunas de las políticas sociales de su antecesor, el metro nunca llegó, las obras quedaron inconclusas. Moreno no sólo fue destituido, está en la cárcel por omisión en la vigilancia de la ejecución de contratos de las obras de la fase III de Transmilenio, valga decir, el ex alcalde ha negado los cargos pero está en prisión desde septiembre del 2011 y fue acusado dentro del proceso conocido como el “carrusel de contratación”. El caso de Moreno no sólo es dramático por el desfalco a la ciudad, también por la decadencia de un modelo de ciudad en términos de cultura ciudadana y de urbanismo.

Gustavo Petro, desmovilizado del grupo guerrillero M-19, obtuvo la victoria electoral que le permitiría gobernar la ciudad entre 2012 y 2015, siendo hasta entonces uno de los mejores congresistas del país, militante del PDA y férreo detractor del presidente Álvaro Uribe. Petro denunció desde el legislativo la infiltración del narcoparamilitarismo en todas las esferas del Estado y sacó a la luz el oscuro capítulo del “carrusel de la contratación” en la ciudad. El malestar generado al interior del PDA por lo sucedido con Samuel Moreno, forzó su salida del partido, negándose a continuar en dicha colectividad debido a la condescendencia de algunos miembros con Moreno.

Conformó el movimiento Progresistas con los disidentes del PDA y fue elegido alcalde de Bogotá con un 32% del total de los votos. Comparativamente hablando, es de señalar que, ser un exitoso legislador y jugar un rol protagónico en términos de control político no lo convirtió automáticamente en un administrador eficiente de la ciudad.

La apuesta de su Gobierno ha estado dirigida a superar rezagos sociales en cuánto a educación, salud y vivienda, principalmente. Los resultados de su gestión han sido moderados, en tanto que, las problemáticas han llegado a niveles preocupantes como es el caso de la movilidad. Petro es un gobernante populista, que ha mostrado su carácter autoritario, descalificando a opositores y a críticos. La relación con diferentes grupos y sectores, entre ellos periodistas y medios de comunicación, ha sido tirante. Algunos medios privados no solo han sido críticos, también despectivos. El canal público no gubernamental, se ha convertido casi que en una maquinaria de propaganda donde se desarrolla un periodismo militante encaminado a defender y legitimar la gestión del alcalde.

Perdió Bogotá. Cuando se mira atrás, pero sobre todo cuando se vive Bogotá en el día a día, poco queda del modelo de Antanas Mockus que le apostaba a una mayor ciudadanía, a la tolerancia y al respeto, como normas necesarias para la convivencia. Petro ha dirigido su capital político a exaltar el fervor popular, dejando una sociedad dividida y polarizada en la que parece que caben algunos, los que están con él, pero no todos. El populismo del alcalde hizo su parte.

Por Clara RIVEROS, para SudAméricaHoy (SAH)

Domingo 20 de abril de 2014

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