‘Bacrim’

Publicado en: Análisis, Colombia | 0

Se habla ya de la necesidad de negociar con las ‘bacrim’ para evitar que luego de un proceso con las Farc los desmovilizados que lleguen a hacer política en las regiones sean asesinados por quienes tienen el poder de las armas. La idea no es mala, la negociación suele ser mejor que la guerra, pero es crucial señalar las limitaciones que tienen los acuerdos con los ejércitos privados del narcotráfico para evitar sus efectos más perversos.

Las ‘bacrim’ no son solo una organización; son también una tecnología de control social. Es un aprendizaje extendido sobre cómo proveer orden, seguridad y garantizar un flujo de ingresos en sociedades que dependen de economías extractivas como el narcotráfico y la minería ilegal. Por supuesto, los capos de las ‘bacrim’ concentran las principales rentas de la cocaína, el oro y la corrupción. Sin embargo, eso no niega que sean la autoridad real de un número significativo de colombianos y que sus instituciones sean coherentes con la situación local. Si por alguna razón han tenido éxito, al punto de quizá superar en número a las guerrillas, es por su capacidad de atender, así sea por la fuerza, las demandas básicas de gobierno de cientos de miles de colombianos que viven por fuera de las instituciones de la democracia.

Tan efectivas son las instituciones de estos ejércitos privados que el gran riesgo de una negociación con una ‘bacrim’ es que inmediatamente surja otra ‘bacrim’ en su reemplazo para llenar las expectativas de riqueza de una clase delictiva y para llenar los vacíos de gobierno en la periferia del país. Eso no sucede cuando se negocia con una guerrilla. Una insurgencia con aspiraciones de toma del poder nacional no es una empresa que se pueda organizar de un día para otro. De hecho, si se negocia con las Farc, lo más probable es que de sus facciones disidentes surjan ‘bacrim’, o ‘farcrim’, como las denominan ahora, no nuevas guerrillas.

Para el Estado, la cuestión es entonces no solo cómo desmovilizar ‘bacrim’ mediante acuerdos. Lo que se necesita es imponer sus instituciones a lo largo de territorios periféricos, hoy bajo el control de ejércitos privados. Hay dos opciones, complementarias entre sí. Una es adecuar las instituciones estatales al contexto social. La otra es adecuar el contexto a sus instituciones. Ambas opciones toman mucho tiempo y recursos, pero al margen de ellas no existen soluciones milagrosas.

Gustavo Duncan
El Tiempo, 8 de octubre de 2014

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