Autoconvocados: ¿Y qué hacer con las manifestaciones callejeras?

Una respuesta, casi unánime, se oye: seguir ahora y seguir después de la visita del Papa…

¿Seguir hasta dónde?

Esa respuestas es menos evidente entre los ciudadanos. Hay ya políticos, en cambio, que proponen incrementar la presión hasta forzar la salida del Presidente. O su renuncia.

Los autoconvocados, que son la mayoría, siguen saliendo valientemente y siguen afirmando, contra la verdad oficial del correísmo, que no están en la calle únicamente por los dos últimos impuestos que el Presidente quiere poner. Y los quiere por dos razones: mostrar al Papa que es “partidario de la justicia social” y sumar dos trofeos para su campaña presidencial en 2017.

La gente está en la calle porque está harta. Harta de un gobierno que concentró todos los poderes. Que socapa la corrupción. Que miente. Que atropella. Que persigue. Que dilapida fondos públicos. Que es extractivista. Que entregó el país a China. Que es arrogante. Que dio la espalda a los nuevos derechos de la sociedad y de las minorías. Que tiene tribunales abyectos para perseguir y castigar la opinión diferente… Hay catarata de motivos. El Presidente en vez de entenderlo, esparce cada día gasolina en ese ambiente caldeado.

A Correa le interesa el enfrentamiento. Hace parte de su discurso político maniqueo. Él es el John Wayne del western simplón al que redujo la realidad. Le conviene hacerlo porque, en su libreto, él se reservó el papel de redentor, de mesías, de defensor de los desheredados.

Ese discurso puede producir –como está sucediendo en Venezuela– detenidos, torturados, heridos y muertos. La violencia no es un recurso: es una condición sine qua non de la sobrevivencia de ese modelo. Por eso parece vital abrir el debate sobre el destino de las movilizaciones que han cambiado algunas realidades en la relación del poder correísta con la sociedad.

Correa luce debilitado políticamente y el correísmo más solo que nunca. No se ve, en esta coyuntura, hacia dónde puede expandir la frontera de sus alianzas.

En ese marco, las verdades construidas por su aparato de propaganda quedan reducidas a la ficción que la gran mayoría no había evidenciado. Lo mismo ocurre con la capacidad del Presidente para tergiversar los hechos y tomar sus deseos por deseo generalizado.

No obstante, la realidad del poder, bien que minado, sigue favoreciéndolo. Y Correa ha dado muestras, otra vez, de querer victimizarse. Él, como el blanco escogido por los millonarios del país, decididos a no pagar los impuestos. Él, blanco igualmente, de gente manipulada, golpista, amiga de los banqueros corruptos del feriado bancario. Él, blanco, en fin, de políticos con consejeros extranjeros y –ya mismo llega– a sueldo del imperialismo.

Ver a Nicolás Maduro, ver la violencia en Venezuela, tiene que mover a los autoconvocados a reflexionar sobre el destino de la protesta. Manifestar o no, no es el dilema: es qué destino tienen esas manifestaciones callejeras. Se pudiera hablar de dos objetivos cumplidos. Uno, cambiar realidades del poder, como ya se dijo, aunque la ecuación fáctica se mantenga. Dos, llevar los ciudadanos a la calle, superando así años de temor, de resignación, de silencio. Este encuentro es un reconocimiento mutuo para expresarse, para exorcizar, para poner en común broncas y sueños. La sociedad civil se vuelve a juntar para evaluar lo que ha sido su mayor experiencia política en décadas. En las concentraciones se ventilan, con bronca y tristeza, los resultados nocivos de sueños que se han legado generaciones enteras. Hay mitos que han muerto y aterrizajes forzosos que han dejado huellas.

Esta sociedad movilizada sigue unida por la repugnancia que inspira un gobierno que, en vez de entender su mensaje, lo desfigura y pretende seguir engañando. Esos ciudadanos no decantan, sin embargo, lo que han vivido durante tantos años. No ponen en común lo que, por cuerda separada, los ha llevado a la calle. No se han puesto al día sobre las causas que cada uno defiende. Hay un motivo que los une; no hay todavía sueños comunes que los hagan ser los ciudadanos postcorreístas que cada uno cree ser.

Ahí se encuentra el peligro que subyace en las propuestas de forzar la salida del correísmo sin pasar por las urnas. Primero, porque se antoja ficticia y peligrosa: la realidad-real de este poder en nada se parece a la que enfrentó, por ejemplo, Abdalá Bucaram. Segundo, porque este tipo de gobierno pide a gritos (ver el caso de Venezuela) ir al enfrentamiento. Tercero, porque no cabe repetir la historia del país simulando que con la salida de un gobierno, se solucionan las causas que lo produjeron. Ecuador ha sufrido de ese síndrome del chivo expiatorio y sería patético no acusar recibo de esa lección.

El correísmo delató costuras y peculiaridades de la sociedad que han sostenido este gobierno durante casi ocho años. Un período que llama a reflexión. El correísmo también fabricó instituciones a la medida y un tipo de ciudadano que no pueden ser olvidado bajo el influjo de las protestas. Salir del correísmo no es botar a Correa: es analizar lo que lo propició y plantear mecanismos y actitudes para superar esas circunstancias.

El postcorreísmo no solo implica preparar la transición: requiere sobre todo, si el país no quiere repetir lo que ya vivió con este y otros gobiernos, un programa ciudadano, desde los ciudadanos y para ellos. Si no hay esa reflexión, Ecuador solo cambiará de gobernantes e institucionalizará el vacío social que es la madre nodriza de todos los aventureros del poder.

Salir del correísmo no es botar a Correa: es ser consciente de los límites que marca el basta que la calle le está indicando. El hartazgo tiene un contenido: la sociedad tiene que diseccionarlo.

¿Hartos de concentración de poder? Pues, ¿cómo se subsana?¿Volver a la división de poderes basta?

¿Hartos de prepotencia? ¿Cómo se entiende entonces el ejercicio de autoridad y, a la vez, de servicio a la nación?¿Y cómo se trazan esos límites?

¿Hartos de opacidad? ¿Cómo se reactiva la lucha contra la corrupción y se asegura la transparencia administrativa? Los nuevos gobernantes, cuando los haya, dirán que hay que tener instituciones que hagan su trabajo como la Contraloría, la Asamblea, la Fiscalía. Cierto. ¿Pero qué tiene que hacer la sociedad?

¿Hartos del populismo? ¿Y qué hará la sociedad para cambiar el prototipo de ciudadano asistido que deja este gobierno? ¿Y qué hará con los subsidios que se volvieron intocables?

¿Y qué hará con el ejército de burócratas que hereda el correísmo? ¿Y con el presupuesto que es absolutamente insostenible? Aquí también hay una legión de preguntas…

Salir del correísmo es no solo pensar en un nuevo poder. Es pensar en una sociedad activada que ya no puede pasar la tina con el agua sucia y el bebé a los políticos. Tiene que hacerse cargo del monstruo que ayudó a crear y de sus consecuencias nefastas.

Se antoja que hay ahí un cúmulo de tareas que los ciudadanos deben hacer, desde ahora, desde el único espacio posible para ellos: los valores cívicos. Hacer conciencia, por ejemplo, de que no se quiere que la mentira oficial prosiga, es tomar partido por el sinceramiento en la cosa pública. Eso implica hacerse cargo de cifras y hechos que imponen pragmatismo y sentido común. No otro discurso populista. Pero a la vez los ciudadanos deben responder por qué toleraron mentiras, lavado de cerebro, propaganda mentirosa… durante años.

Las respuestas en ese ejercicio deben desembocar en instituciones, actitudes, pensum educativo… Cuando se piensa que este ejemplo puede desdoblarse en su complejidad y puede ser multiplicado, la tarea de los ciudadanos es vasta y debiera comenzar cuanto antes.

Esta tarea no se opone a la movilización callejera en que muchos ciudadanos andan empeñados. Le da sentido. Reclama un deber ético que, en los hechos, desnudaría por completo a este gobierno. Y dotaría, sobre todo, de mayor autoridad moral a un movimiento ciudadano que sabe que no quiere dejar ir más lejos, en aspecto alguno, al correísmo. Pero que, por ahora, solo tiene como línea de horizonte -porque el gobierno juega a ser sordo y mudo- el enfrentamiento.

El enfrentamiento no es, entonces, la única opción. Hay una tarea más urgente y más esencial: densificar la masa crítica social. Eso solo lo logran ciudadanos conscientes de que su mayor fuerza ante el poder –este o cualquier otro– son valores cívicos y democráticos compartidos. Solo así las instituciones y los futuros acuerdos políticos no serán de nuevo cascarones vacíos.

Un programa así, vital para la democracia y la convivencia respetuosa entre personas que osan afirmar y vivir sus diferencias, solo lo pueden hacer los ciudadanos. Los políticos están ocupados en ver cómo se erigen en alternativa de un régimen minado que confunde ficción con realidad.

logofundamedios

José Hernández, Ecuador.

Sentido Común, junio 18, 2015

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